Apuntes sobre el romanticismo (I): el rayo

En un diálogo de la película Él, dirigida por Luis Buñuel, el personaje de Arturo de Córdova conversa con un grupo de personas durante una cena, entre ellos está la mujer de la que se ha enamorado al mirar sus zapatos en una iglesia. Córdova habla sobre su idea del amor, dice: “el amor surge de improviso, bruscamente, cuando un hombre y una mujer se encuentran y comprenden que ya no podrán separarse”, uno de los invitados le responde que ese amor es como el flechazo que hiere como un rayo, Córdova contesta: “el rayo no nace de la nada, sino de nubes que tardan mucho tiempo en acumularse”. Después habla de cristalizar ideas de infancia en una mujer y sobre el destino del amor… Él no es precisamente una película romántica, es una película sobre los celos, de los que se dice que son lo opuesto al amor, también es una película sobre la locura y, sin embargo, cuando pienso en la pasión romántica pienso en el rayo y en esas palabras. Si construimos nuestro ideal romántico desde la infancia ¿el rayo es un azar o un destino? ¿Qué hay de azaroso en el amor? Creo que amar es un ejercicio de la libertad, pero el flechazo no siempre implica una elección, nos enamoramos irremediablemente. Súbitamente. Nos alcanza como un rayo pero también se teje como un azar..

Llevo varias semanas leyendo sobre amor desde el psicoanálisis, me gusta cómo lo describen las psicoanalistas porque rescatan toda la dimensión física y emocional que se experimenta durante el amor y durante el desamor, cantar al amor, pero también cantar el lamento. La dulzura y la tragedia. En Historias de amor, Julia Kristeva escribe “el amor siempre nos quema. Hablar de él, aunque sea después, no es posible más que a partir de esta quemadura”. Una quemadura porque el rayo nos fulmina. Un ardor porque el deseo enciende una llama que nos ilumina y nos mantiene calientes, tanto en el deseo erótico como en la pasión romántica.

Quería escribir sobre el rayo a propósito del romanticismo porque he estado pensando en la idea del paisaje como correlato de las pasiones. Últimamente siento una tranquilidad amorosa en el frescor de los parques mientras recuerdo las pinturas de Caspar David Friedrich con sus tormentas y paisajes nocturnos, sentiría esas tormentas si agonizara en el amor, lo he sentido en otros momentos de mi vida: un frío que quema hasta los huesos, abismarse un mar oscuro o intentar respirar bajo el agua mientras una mano fantasmal oprime mi pecho. La dulzura del amor es el viento sobre las hojas, el frescor de los parques en las mañanas, una mano tibia sobre mi cintura. En El rayo verde, la película de Éric Rohmer basada en una idea de Julio Verne, se hace referencia a la refracción de la luz del sol sobre el mar al atardecer, si una contempla esa luz es capaz de conocer el interior de su alma, pero también puede ver a través del otro; una pequeña certeza, una epifanía.

En El rayo verde el azar ocupa un lugar clave en la película, Delphine (Marie Rivière) camina sin rumbo entre las calles de París y la costa francesa. En varios momentos encuentra una jota de corazones, la misma carta en distintos sitios, tal vez una coincidencia o tal vez una señal del destino: un indicio de que está próxima a encontrar aquello que su corazón busca. Leí alguna que el mundo es susceptible de leer leído sólo por aquellas que sepan interpretar sus signos, pero también que hay que ser un poco loca para interpretarlos, confiar en ciertas corazonadas y en ciertas intuiciones que no pasan por la razón ni por la palabra. Confiar en el azar que sale a nuestro encuentro porque ese azar también teje los hilos de nuestro destino. Las metáforas del tiempo como estados de ánimo atraviesan el Werther de Goethe y alcanzan las canciones románticas que escucho en la radio de camino a casa: la salida del sol después de la tormenta, la noche que nos conduce a la agonía y al desvelo por un desamor. Camino por la ciudad y se avecina la tormenta, pero mi corazón está en calma, recordando a los románticos. Hace buen tiempo.

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