La precarización y los afectos en la virtualidad. Apuntes de ¿post-pandemia?

Es como si la pandemia hubiera terminado. En los espacios públicos ahora es opcional usar mascarilla, ir al centro comercial es enfrentarse a una multitud dividida entre los que muestran la mitad de la cara y los que no. No tengo ideas postapocalípticas, no veo a la multitud como una turba de zombis; en algún momento, afortunadamente, dejé de sentir miedo por salir a la calle. Sin embargo, sí he notado un cambio en mi experiencia virtual, el cambio más extraño está aquí, en mi computadora, en la relación con ese exterior digital.

Llegué a estas ideas a raíz de una ruptura especialmente dolorosa, se trataba de una relación a distancia con la esperanza de un reencuentro tras resistir un estallido social y una pandemia. La ruptura me hizo pensar en si no debería hacer lo que me decía mamá a mis once años cuando me regañaba por pasar tanto tiempo frente a mi computadora: “sal a la calle, la vida está allá afuera”. La vida está afuera, en los encuentros casuales en los cafés, no en una charla por WhatsApp, ¿realmente está afuera? No lo estuvo estos últimos años, pensé que tras las experiencias virtuales de pandemia se matizarían ciertas distinciones entre ese “adentro” y “afuera”: el trabajo en casa permitiría valorar mejor el trabajo doméstico, las prácticas eróticas virtuales nos harían reflexionar sobre el peso de las imágenes, o sobre cómo nos afectan las fantasías y las palabras. El contenido liberado gratuitamente tal vez nos haría reflexionar sobre nuestro consumo del audiovisual… Creo que tenía muchas expectativas, sucedió más bien lo contrario, la pandemia remarcó la distinción entre la voz y la caricia para privilegiar ésta última o, al menos, hacernos echarla de menos.

Pensé también si ese desgaste de lo virtual tenía que ver con una diferencia generacional: yo antigua usuaria de fotolog a diferencia de alguien que nació en la época analógica, puedo “adaptarme” más fácilmente a la virtualidad porque mi vida a los once años era una pantalla; el argumento de la edad me parece una lectura perezosa, en tanto internet es parte de nuestro presente común cada una puede conocer su relación con él desde su propio horizonte de experiencias. El argumento generacional puede replicarse hasta el absurdo: yo no tengo la misma relación con las redes sociales que las jóvenes de 20 años que a su vez difieren de las de 15. Mi punto, entonces, es que esta distinción entre afuera y adentro se debe a que la virtualidad significa una experiencia precarizada. Los modelos de negocios en redes lo han precarizado, pero también nosotras como usuarias hemos contribuido en tanto considerarla “inferior” a una experiencia real: Tinder como un mercado de experiencias sexuales (o no) y no como una posible red de encuentros y conexiones.

La experiencia virtual es precaria en un mundo que entiende la presencialidad como la única experiencia legítima. Esto puede sonar como una especie de manifiesto de ciencia ficción, pero para explicarme mejor recurriré a un ejemplo: en su libro Sexo futuro, el amor en el siglo XXI, Emily Witt describe varias experiencias eróticas del presente reciente:  apps de citas, porno filmado por mujeres, cámaras en vivo, start ups que prometen orgasmos a través de una práctica meditativa sin coito… el punto en común entre estas prácticas es la promesa de expandir las ideas respecto al sexo desde esa marginalidad de lo “demasiado nuevo para probarlo”. El libro de Witt es del 2016, no podía vaticinar la competencia desigual de sitios como Only fans o la gestión de los perfiles de las redes sociales como un trabajo adicional al trabajo sexual. Tanto ese trabajo extra como las promesas del “sexo futuro” dan cuenta de la precarización virtual, languidecen sin poder homologar su valor ontológico con el de “lo real”.

Mi ruptura me recordó a la de Carrie Bradshaw en Sex and the city y su nota en un post-it de despedida, la mía tenía un mensaje en contra de la virtualidad. Sé que la falta del cuerpo es suficiente para evitarse una relación a distancia (o dejarla a la primera oportunidad), pero esa justificación me hizo sentir como si me hubieran despedido de un trabajo al que debía toda mi supervivencia, la idea en común era la de una confianza en una especie de esfuerzo para ver los resultados de un proyecto al que se le ha dedicado mucho tiempo y un día, sin previo aviso, simplemente ya no hay nada.  Esa confianza poco estable, ese temor continuo no es producto solamente de una falta de comunicación entre la pareja o entre los compañeros de trabajo, es la condición de una existencia precaria. El valor degradado que se le da a la virtualidad es el que permite que existan prácticas como el ghosting, pero también hace de las relaciones virtuales, en el peor de los casos, una fábrica de narcisistas.

Si mi comparación entre relación sentimental y trabajo causa extrañeza es porque creo que deberíamos volver a pensar nuestras relaciones laborales, tal vez en esto será lo último en lo que me permitiré ser ingenua, pero quiero seguir creyendo en la posibilidad de redes de cooperación y trabajo colaborativo, mi experiencia en una colectiva de crítica feminista me hace seguir creyendo en eso. Pensaba, entonces, que una forma de resistir a la precariedad virtual era alimentar esos lazos virtuales que la pandemia fortaleció con compañeras a miles de kilómetros de distancia. ¿Podríamos hacer de las relaciones virtuales, en un contexto de pandemia o no, un espacio para albergar el cuidado y la ternura? Creo que lo intenté.  

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