La degradación como alumbramiento

Hace unos días volví a leer las cartas de James Joyce a Nora Barnacle y una de ellas me impresionó por sus descripciones casi escatológicas. El escritor describe los pedos de su esposa y se refiere a ellos como “gruesos camaradas, otros más ventosos [y otros] rápidos y pequeños resquebrajamientos alegres” esa imagen me recordó a varias descripciones fisiológicas que están también en Ulises. En la novela la interioridad de sus personajes, ese torrente de conciencia, está unida a la respuesta física del cuerpo: la digestión de Leopoldo Bloom después de comer hígado el 16 de junio o los pensamientos de Molly mientras se prepara para dormir. Es curioso cómo las correspondencias y los diarios ayudan a construir una interpretación más rica o más libre de la obra de un autor.  

Últimamente me siento más cercana a la crítica literaria que a la crítica de cine, pero creo que ambas me ayudan a interpretar de ciertas imágenes que me impresionan, como la carta de Joyce. Últimamente, también, he tenido algunas dudas respecto a la crítica de cine porque no sé cómo describir esa respuesta fisiológica que tengo ante algunas imágenes, pienso en una especie de erótica de la crítica pero no he terminado de formularla. El otro problema es que me encanta la teoría, es el viejo mal de todo proceso de investigación que todavía me obsesiona. Volví a Joyce después de leer a Mijaíl Bajtín, al que conocí durante la licenciatura y en el que pensé durante los inicios de este blog porque quería escribir sobre la libertad sexual del carnaval. Con Bajtín es posible leer la carta de Joyce, a propósito de lo que él llama realismo grotesco (una característica de lo carnavalesco en la literatura) escribe:

[En el realismo grotesco] lo “alto” es el cielo, lo “bajo” es la tierra; la tierra es el principio de absorción (la tumba y el vientre), y a la vez de nacimiento y resurrección (el seno materno). Este es el valor topográfico de lo alto y lo bajo en su aspecto cósmico. En su faz corporal, que no está nunca separada estrictamente de su faz cósmica, lo alto está representado por el rostro (la cabeza); y lo bajo por los órganos genitales, el vientre y el trasero.

En el carnaval, ese espacio que acontece antes de la cuaresma, se da una inversión del orden de las cosas: se corona al rey bufón y se resalta la fealdad o lo grotesco sobre la belleza. Para Bajtín, en el realismo grotesco, presente en la parodia literaria “lo inferior es siempre un comienzo”. Degradar o rebajar significa “entrar en comunión con la vida de la parte inferior del cuerpo, el vientre y los órganos genitales; y en consecuencia también con los actos como el coito, el embarazo, el alumbramiento, la absorción de alimentos y la satisfacción de las necesidades naturales”. La degradación como un alumbramiento. El encuentro entre la parte inferior del cuerpo y la parte superior me recuerda a la unión entre el cuerpo y el alma como conocimiento del otro a través del cuerpo presente en otras tradiciones medievales.

Esa degradación es la que está presente en la carta de Joyce, aunque al escritor le parezca conflictiva la unión entre un amor “feo, obsceno y bestial” que a la vez es “puro, sagrado y espiritual”. En el carnaval, el tránsito del exceso al rasposo y a la meditación de la cuaresma se revela como las dos caras de una misma moneda. Nada hay en el cuerpo que sea sucio, obsceno o grotesco por sí, la historia de la fealdad y la belleza prueba que esos atributos residen en la forma que significamos e interpretamos. Me llama la atención el tratamiento de la degradación en Joyce porque se trata de una experiencia que vive a través del cuerpo de su amada, es un recurso diferente al de la literatura de Sade, por ejemplo, en donde la degradación funciona para mostrar la falsa moral de la sociedad burguesa de la época. La degradación como un escupitajo a la lectora para que dude de la moral y del deber ser que le han sido impuestos por la sociedad.

Me he sentido muy cercana a la literatura de Joyce porque compartimos una educación católica basada en el miedo y la culpa. Mucho tiempo me identifiqué con el miedo de Stephen Dedalus a la condena eterna en El retrato del artista adolescente, la que describe como la suma de todos los granos de arena en todas las playas del mundo. Y, sin embargo, durante sus años en el colegio Stephen encuentra un camino en la estética leyendo a Santo Tomás y construye una forma de interpretar el mundo, se trata de un resquicio de libertad que después se cristalizará en esas construcciones de la interioridad de sus personajes unidas a las experiencias físicas.

Tanto Joyce como D.H Lawrence (que también escribió sobre la libertad a través de la sexualidad) reaccionaron al catolicismo con rebeldía, una rebeldía que, en la práctica, consistió en vivir una vida “inmoral” al margen de las “buenas costumbres” de la sociedad irlandesa e inglesa de su tiempo. Dos parias de la sociedad. En mi experiencia, la rebeldía también fue una forma de demostrar mi descontento con la educación católica en mi época de secundaria, vestía de negro en contra de las normas del uniforme porque me parecía absurda esa forma de control. En la literatura de varios escritores anticlericales la libertad de las jóvenes consiste en romper normas sencillas de conducta, pienso en el Manual de urbanidad para jovencitas de Pierre Louÿs: “si se lo mamas a un señor antes de comulgar, fíjate bien en no tragarte el esperma: romperías el ayuno que es necesario mantener”.

Por eso, el catolicismo con sus reglas de urbanidad y moralidad da pie a la perversión (con la culpa como goce), de ahí que el carnaval se interprete generalmente como una suerte de día de la purga, como si todo control necesitara un desfogue eventual para que pueda seguir funcionando. De nuevo, en la tradición de occidente, es una lectura hecha a partir de opuestos y no una comunión de dos elementos que encuentran y funden en uno solo.  No hay muchas pistas en la literatura de Joyce para saber si vivió el placer lejos de la culpa o si esa culpa era un motor para la fantasía erótica. Encuentro mayor libertad en los personajes de D.H Lawrence que también denuncian una moralidad basada en el falso progreso del mundo moderno que castiga la libertad del cuerpo . Hay que bailar en el campo como Constance Chatterley, reconciliar lo de arriba con lo de abajo. El deseo no sólo es producto de subvertir una prohibición como en el manual de señoritas, también es un continúo en el que la fiesta del carnaval da pie a la mirada interior.

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