El regreso de Eros

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Hace unos cuantos meses platicaba con mi amiga M. sobre un podcast que escuché, el tema central era cine, pero de paso se mencionaba un artículo de Slavoj Žižek en el que, como es costumbre en el estilo del filósofo, aventuraba qué sucedería con el deseo sexual después de la pandemia. Para él habría un desenfreno a raíz del encierro: reuniones y fiestas sexuales, encuentros en bares, orgías… la pregunta inevitable era ¿cuándo será posible concretar ese deseo? Porque pareciera como si el deseo se hubiera esfumado para volver recargado quién sabe cuándo. Se especula sobre el posible regreso de Eros, pero habría que preguntarse cómo se ha transformado ese deseo, si es cierto que está agazapado esperando volver con más fuerza o si existe alguna condición que lo haya transformado, como lo puso en evidencia la pandemia.

Durante gran parte del 2020 yo me pregunté cuándo volvería mi deseo (no sólo el sexual), me sentía apática, temerosa del contacto humano y con pocos estímulos eróticos, era como si llevara una especie de vida monástica, pero sin la tranquilidad de una contemplación interior, más bien con las distracciones inducidas por la vida virtual. Pensaba mucho en si un estímulo no físico podía despertar mis fantasías, pensaba en un deseo erótico (que no sentía plenamente) basado sólo en ideas imaginarias e inmateriales, pero ninguna teoría tuvo una aplicación práctica. Para mí, Eros no regresó ese año.

Mi respuesta inmediata era la falta de contacto humano. La distancia impuesta por la cuarentena —pensaba— me había atrofiado la imaginación, incluso me había causado ansiedad social como lo comprobé las pocas veces que salí de casa. Despojé, sin saberlo, las imágenes eróticas de mi rutina cotidiana, no leía, no veía cine erótico, ni porno, pero lo curioso es que no pensaba en la ausencia de sexo, simplemente no sentía deseo. Con M. hablamos sobre los períodos de libido baja en nuestras vidas, teníamos muchos ejemplos muy claros: los momentos de depresión, los de estrés laboral, ciertos medicamentos e incluso la falta de deseo de la pareja. En mi caso —le dije a M.— la ausencia de libido, la partida de Eros, no se parecía a ninguna de las situaciones anteriores, tal vez sólo era distancia y cierta melancolía. Susan Sontang describe la bilis negra y los efectos de éste tipo de tristeza en el cuerpo; mi cuerpo, el que había conocido a partir de experimentar el deseo ahora me parecía desconocido.

En algún momento de este año empecé a salir un poco más y dejé de sentir miedo y ansiedad, empecé a pensar en las ciudades y en los espacios públicos, leí Todo lo sólido se desvanece en el aire, el último capítulo es un ensayo sobre la destrucción del Bronx por la construcción de una autopista, pensé en mi propia ciudad, en la distinción que hace el autor entre la calle y la autopista: una facilita el tránsito humano y la otra es el símbolo de una modernización que frustra los encuentros, las reuniones, las manifestaciones; es decir, el encuentro con el otro. La huida de Eros coincidía con mi experiencia de haber dejado la calle, durante el tiempo que viví en CDMX, por ejemplo, solía prestar atención al espacio, a veces grababa los sonidos de la ciudad o tomaba fotografías de la gente, la luz, los edificios… mi experiencia en la ciudad se parecía a la forma en la que he experimentado el placer: tener la consciencia del entorno y los sentidos atentos para los diferentes estímulos como el sonido de los pájaros en los jardines, el olor a taquitos en la calle, las lluvias de julio, la luz en diciembre o sujetar mis manos en los asientos del metro .

La hipótesis se hizo visible: el encierro apagó esa atención propia del transeúnte y con eso se llevó gran parte de mi forma de experimentar los estímulos físicos y externos. Creo que necesito precisar algo, la experiencia que describo no es como la del flâneur del que hablan Beaudelaire o Benjamin, no describo tanto un acto de deambular por las ciudades modernas sino la simple atención del cuerpo, los efectos del espacio sobre él. Antes tenía ciertas ideas respecto al trazo de las ciudades, León, la ciudad en la que vivo, me parecía —me parece todavía— que es muy complicada para caminar a pie; mi hogar, en la periferia y cercana a la carretera es un lugar aislado del centro de la ciudad, ese mismo hogar, durante el encierro, me hacía sentir mil veces ese aislamiento pese a la virtualidad que parece permitir la descentralización. Ahora pienso que, si existe una lectura política de dichos trazos, es posible pensar también cómo los espacios construyen nuestra experiencia erótica.    

Regreso al podcast en el que se comentó el artículo de Žižek, esas fiestas y esos encuentros en bares tienen que ocurrir en un espacio físico determinado, de ahí que se suela pensar en las grandes ciudades como espacios que provocan ese placer en la expectativa de lo desconocido, puede ser Nueva York tal y como se describe en Sex and the City o el París del cine francés, en una película de Éric Rohmer un hombre habla del deseo sexual y la experiencia de la ciudad, describe cómo es perderse entre la muchedumbre y fantasear con las mujeres que ve a lo lejos. Mi experiencia tampoco se parece a esa, soy muy tímida como para fantasear con desconocidos en la calle, pero sí hay estímulos que pueden despertar mi deseo: como los aromas, pero sobre todo la consciencia de mi propio cuerpo al estar en movimiento. La calle permite tener la conciencia de que se posee un cuerpo susceptible a sentir placer. El cuerpo atento a las señales de tránsito y al sonido de los automóviles es el mismo cuerpo que pone atención cuando tiene los ojos vendados y está desnudo.

Empecé recorriendo los 7km del parque público cuando lo volvieron a abrir, primero sentí el cansancio de mi cuerpo que volvía a moverse tras varios meses de encierro, un día recorrí esos mismos 8km y un poco más en Morelia, en mi primer viaje por una ciudad, M. y yo recorrimos los espacios que conocimos en un viaje juntas cuando empezábamos a viajar por nuestra cuenta, cuando comenzaba también la libertad sexual. Después registré los 11km en Guanajuato y por último en León, regresaron las ganas de tomar fotografías y regresaron los recuerdos de imágenes eróticas, regresaron las fantasías de lugares por descubrir y los fragmentos de canciones conocidas al pasar por algún lugar —últimamente escucho mucho a Juan Gabriel— volví a sentir el sol del verano y eso me hizo desear sentir el agua sobre mi cuerpo, la sal y el sudor y eso inevitablemente me llevó a pensar en relatos eróticos sobre el calor. Tal vez no fue sólo la calle la que me trajo de vuelta a Eros, pero sin duda me hizo saber de su presencia. Mi placer está ligado también a la calle, ahora lo sé.

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