Only fans y fiestas sexuales por zoom, el sexo en pandemia

Serendipity in the Internet age

Hace unos meses vi un par de perfiles de trabajadoras sexuales en twitter y en Instagram, el método es similar al de páginas como Only fans: después de acordar paquetes y tarifas, los clientes tienen acceso a material específico. Quizá para las trabajadoras esto significa bastante seguridad ya que no hay interacción física; sin embargo, para los clientes (y las clientas) es algo similar a elaborar una fantasía erótica con soportes personalizados, algo más allá del paquete premium del porno. Se trata de pagar por imágenes y fantasías “personalizadas”, la idea parece un cuento de Philip K. Dick.

¿Será que con el encierro pandémico ya integramos de manera definitiva lo virtual a nuestras experiencias eróticas además de nuestros trabajos y nuestra relación con los otros ? Esto es algo que ya conocíamos desde las hot lines a finales del siglo pasado (¡qué lejano parece ya!), después llegaron las nudes, las citas por cámara y ahora existe la posibilidad de sexo servicio completamente virtual; es como si, de cierta forma, los genitales y el coito importaran muy poco para experimentar placer erótico. Lo digital en el encierro parece recordarnos que el placer está en todo el cuerpo: en el oído, en la vista y sobre todo en nuestra imaginación.

O al menos esa es la parte entusiasta, la fatalista parece sugerir que la imaginación puede parecer el primer paso para un futuro en el que –como en una película de ciencia ficción– convivamos con robots sexuales o veamos pornografía en realidad virtual; el sexo del futuro parece muy onanista y sin embargo en este encierro nos hemos vistos obligados a una distancia física que no excluye la interacción con los otros. De hecho, en abril o mayo, los meses más duros de la pandemia, varios artículos hablaron sobre fiestas sexuales vía zoom y de un incremento en el número de usuarios de Only fans, el sexo buscó su camino.

Una de las primeras noticias sobre cómo el sexo encontró otros mercados fue la del éxito de la venta de fotos de pies (escribo todo esto y me siento en un cuento de ciencia ficción o en el verdadero final de los tiempos). Todo el cuerpo es capitalizable, pero el sexo tiene que aprender de las estrategias virtuales del mercado: hay que tener presencia en redes hay que ligar la vida personal ala vida virtual, hay que ofrecer una experiencia y no sólo un servicio, hay que distinguirse entre las demás personas-marca y al final, hay que aprender a autogestionar el trabajo, emprender en la prostitución virtual.

Porque finalmente se trata de trabajo, pero es un trabajo adaptado a los días que corren. Días después de las noticias de las fotos de pies hubo una polémica cuando la actriz Bella Thorne se unió a la plataforma poniendo en peligro los ingresos de trabajadoras y trabajadores que dependen del sitio: competencia desigual y el espectáculo de lo masivo. Y ante todo esto, de nuevo, lo que se paga es una experiencia inmaterial. Este fin del mundo tiene muchas pantallas y pocos cuerpos.

Esa es la experiencia zoom: pantallas que pretender acércanos en todo el mundo pero que al final también toman algo de nosotros: la calidad o la timidez que sentimos cuando estamos ante los otros (y esto es gran parte de la experiencia erótica), es como un pacto con el diablo: acortamos distancias a cambio de la cercanía y el calor humano. Así me imaginaba las fiestas sexuales vía zoom con ese ingrediente de ritual diabólico, al modo de Eyes Wide Shut (1999), como en la película (y como en cualquier reunión de zoom) también hay una contraseña para entrar. Fidelio.

No quiero parecer tan derrotista, el mundo virtual ha sido un refugio para todas las misántropas y tímidas usuarias de salas de chat o Tinder como yo. He vivido la mitad de mi vida en el mundo virtual con amigos y amigas en otros países que aún no conozco en persona, lejos de mi propio país o de mi colonia. Y es que para mí (como ya lo escribí en mi entrada sobre los cyborgs y las fantasías sexuales), las emociones que produce lo virtual (¿lo no material?) son las mismas que producen las experiencias “materiales”. ¿Alguien dijo que la vida estaba hecha del material de los sueños o estoy imaginando citas?

Aún así, las fiestas sexuales vía zoom es una idea que me sigue pareciendo extraña, casi triste, pienso en una masturbación compartida y aquí vuelvo al inicio, quizá el sexo pandémico nos haga recordar que en la excitación no sólo importan los genitales sino el resto de nuestro cuerpo (aunque el sentido principal parece seguir siendo la vista) pero al mismo tiempo abre la pregunta sobre cómo estamos viendo al otro, a ese que está detrás de una pantalla porque el placer siempre implica un gozo compartido, y es que quizá ese rasgo de narcisismo o individualismo contemporáneo tiene que ver con que estamos entendiendo la pantalla como un espejo, no lo sé.

Esta última idea me hace pensar en que quizá el fin del mundo inicio desde hace muchísimo tiempo, quizá siempre hemos vivido en el final de los tiempos (hay que pensar en el tiempo histórico como un rizo que se curva, no como una línea) pienso que a veces me sentí en citas como si el otro mirara un espejo o una pantalla que reflejara su propio rostro y en zoom a veces alguien dice algo cálido aunque no tenga encendida la cámara. Quizá tengo que apreciar esa calidez porque por ahora sólo tenemos las pantallas

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