Untarse crema y otras experiencias en solitario

bath

El tiempo en el encierro ha sido diferente a lo que imaginé en un inicio, no me ha dado momentos para reflexiones profundas o para grandes tareas pendientes (no he aprendido ningún idioma nuevo, no he hecho masa madre, no he terminado de leer 2666 –ni siquiera lo intenté–) en cuanto noté que mi productividad bajó a lo mínimo y sólo me permitía cocinar algo rico de vez en cuando y lavar los innumerables trastes opté por tomármelo con calma, ver las películas que pudiera y mirar mucho a mis gatos.

Entre mi concentración en cosas aleatorias noté que, de repente, adquirí más atención en mi cuerpo. Las duchas han sido extraños espacios de reflexión, una especie de “meditación en el baño”. En estos días, bañarme es como un paréntesis al ruido virtual y a la incertidumbre cotidiana; el ritual posterior de untarme crema y vestirme me hado extrañamente consciencia sobre mí misma porque me hace notar mi cuerpo y sus cambios, en esos momentos me doy cuenta del impacto que tiene el encierro sobre él, hay partes que me duelen porque no me concentro para hacer ejercicio en casa, hay otras que sanan después de caminar unos cuantos kilómetros, hay áreas suaves, áreas rasposas y el cabello crece.

Después de un baño también tengo una sensación de calma, eso tiene su explicación fisiológica, pero en mi caso esa experiencia resuena en las cosas que miro y pienso últimamente. Me explico: sentirme y estar en esos momentos de reposo me ha hecho querer pensar en las cosas de manera más tranquila, quiero tomarme el tiempo suficiente para escribir sobre las películas que veo sin la prisa de los estrenos, el tiempo de preparación de la comida me parece perfectamente justificado ahora, un tomatito necesita sus minutos para cocinarse en la mantequilla, los ajos de la salsa deben estar bien asados…

Antes, esas “horas muertas” entre una actividad y otra (los minutos de espera en un restaurante antes de volver a la oficina, la hora de transporte de la oficina a la casa en los que me distraía viendo la avenida o leía algo) están concentradas ahora en casa y a veces caen con todo el peso del tedio, por eso me extraña cómo un momento “muerto” -la crema después del baño- me hace pensar en mi cuerpo y en el tiempo. Mi única aproximación al sexo y a lo erótico en estos días es a partir de esa consciencia que por sí misma no es para nada erótica, porque si ponerme crema es un momento ralentizado, la excitación es un relámpago que me enciende de pronto.

Extraño los momentos relámpago, extraño sentir que se me hace tarde para llegar a algo porque por lo general suelo llegar muy temprano, extraño sentir las ansias de tocar después de un beso largo e incluso ir a un restaurante de “comida rápida” (nunca antes mejor llamado). Estos momentos de paréntesis del tiempo se parecen mucho a las reflexiones que hacía mi amiga L. después de sus experiencias alucinógenas, ella decía que es necesario pausarse del mundo para ver de nuevo sus colores, recuerdo que a mí me parecía más brillante después de hablarlo con ella; sin embargo, ahora siento el paréntesis, pero no encuentro el brillo, tengo apenas unas pequeñas esperanzas en que algo (no sé qué) cambie de ritmo.

Porque hay ritmos diferentes, ahora los veo con más atención, uno de esos “cambios de ritmo” lo descubrí en el cine de Taiwán, observé a mi amiga M. cocinar a fuego lento los tomatitos y coincidimos en una película que se llama Millennium Mambo, el ritmo de la película no es sencillo si uno está acostumbrado a los montajes rápidos, toma su tiempo para contar momentos de la historia, pero al final hay un extraño rayo de esperanza ante la tristeza de las rupturas de su protagonista y sus caminos fracturados. No es una esperanza literal del estilo “éxito y riqueza económica” es más bien una de esas cosas simples que de repente nos confortan: reconocerse en una película, escuchar el mar, sentir la nieve.

Creo que mis películas favoritas tienen momentos de incertidumbre y después un reconocimiento que trae la calma o la esperanza o no sé, El Rayo verde trata de eso, en muchos momentos de mi vida he estado en esas incertidumbres buscando cierta calma  y algunas de las cosas que he aprendido han llegado a mí a través de experiencias corporales, por eso creo que el sexo es una extraña herramienta para la cognición. Hace unas semanas E., otra amiga, me dijo que escribiera sobre el sexo a distancia y creo que mi melancolía se debe a que extraño el contacto con los otros, el cuerpo se conoce de maneras diferentes si es alguien más quién lo toca. Ya llegarán los días de sentir otras manos.

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