Un succionador de clítoris cuesta 3000 pesos, amor

En diciembre del año pasado quería escribir un libro de cuentos, el título provisional era Cuentos desde el polvo y su eje temático la sensación de vivir en “el final de los tiempos” o en la destrucción (y reconstrucción) de ciertas cosas que durante mucho tiempo tuvieron para mi un significado estable: el amor romántico, el trabajo, la familia, el sexo. Uno de esos cuentos estaba inspirado en otro de Boris Vian y relataba una situación de  después de una suerte de catástrofe inexplicable; imaginé un día largo en marzo en casa, con ciertas cosas que he vivido anteriormente: el calor abrasador, la ansiedad, la incertidumbre, esas sensaciones son las que asocio con la agonía.

Es curioso que ahora estemos en marzo y estemos en casa, pasé varios días pensando  en “qué más” podía escribir sobre el encierro porque tengo una sensación de que hay mucho exceso a mi alrededor: demasiada oferta cultural en línea, demasiados paquetes de sopa en los carritos de la gente que compra en el supermercado, demasiada información sobre un mismo tema y parece imperativo seguir siendo productivo en el encierro, no hay que dejar de desear; es decir, no hay que dejar de consumir. Tengo la sensación de que todo parece ir muy rápido virtualmente pero yo quiero estar en calma.

Antes del confinamiento (y antes de que estuviera cerca) fui a una sex shop, quería saber si había dildos no fálicos y encontré succionadores de clítoris a 3000 pesos, muy caros a mi punto de vista, pensé en los motivos posibles para comprarlo pero todos tenían que ver con la productibilidad de la soledad: podrás estar sola -pensé- pero habrá un dildo para satisfacer un deseo (y para muchas, para “suplir” una ausencia) porque la chica de la tienda me comentaba sobre los juegos para parejas al tiempo que me mostraba dildos que satisfacen a varones y a mujeres, también están los que pueden estar en el otro orificio que no ocupa en ese momento tu pareja, hay un amplio catálogo de posibilidades.

En la sex shop hay una asociación curiosa entre el empoderamiento (la “libertad sexual”), la tecnología del mercado y la estabilidad financiera. Compré mi primer dildo en oferta, con forma fálica y múltiples niveles de vibración siguiendo esa dinámica, fue con una de mis primeras quincenas de trabajo de oficina y en medio de un largo período de soltería, era el símbolo de mi libertad, después de algunos días me pareció poco práctico por su forma[1] y lo dejé de usar. Esa misma sex shop me envío recientemente un correo con sus ofertas, para “disfrutar un poco durante la cuarentena”, sí, la sensación de “el final de los tiempos” también puede vivirse con deseo sexual, pero me parece obsceno pagar 3000 pesos por ello.

Hace varios años, al inicio de este blog, alguien me comentó que había escuchado decir que si alguien hablaba o escribía mucho sobre sexo era porque le hacía falta practicarlo y creo que en su afirmación había cierta preocupación grosera por mis estadísticas. Llegó el encierro con el calor de marzo y pasó lo contrario a lo que me pronosticó esa persona y la sex shop, tengo el deseo presente pero no como algo a lo que le tengo que comprar suministros o practicar a la distancia porque si no se muere. El encierro vino con cosas que no pensé en ese diciembre, pienso en cómo hemos condenado el ocio y cómo muchas ideas que hay sobre el sexo se basan en su productividad: número de fantasías a cumplir, posturas o juguetes sexuales que probar, o cómo el espacio de lo íntimo (el hogar) se asocia con el ocio y con el descanso cuando es lo contrario, pienso en el trabajo doméstico, pienso en mi trabajo en casa cuando dejé la oficina, he tenido que ser productiva al doble y armarme rutinas extrañas para poder escribir.

Me parece que con el deseo pasa algo similar a lo que sucede con el ocio, se cree debe gestionarse porque hay una medida secreta que indica si es bueno o perjudicial. Me parece que hace falta retirarse, dejar de pensar en listas, en esas cosas que faltarán y en productividad, creo que en el ocio hay un gozo sin finalidad, ciertos juegos son así, se disfrutan en su práctica y no por su resultado. Querría ahora escribir un cuento en el que la sensación del fin del mundo tuviera mucho de inactividad y de calma, pero no sé cómo sería eso, tal vez escribiría algo como “un succionador de clítoris cuesta 3000 pesos, amor, mejor hay que mirarnos desnudos un largo rato”.


[1] Recordar que el orgasmo femenino requiere de la estimulación del clítoris, los dildos fálicos no lo estimulan, incluso aquellos en forma de mariposa.

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