De la media naranja al campo de zanahorias

Her
“Her” (2013), Spike Jonze 

En su libro “La agonía del eros” el filósofo surcoreano Byung-Chul Han explica cómo en la sociedad actual, inmersa en la ideología capitalista no existe la relación erótica como tal, si el erotismo nos hace relacionarnos con el otro, en el narcisismo imperante “el mundo se presenta sólo como proyecciones de [nosotros] mismos, no somos capaces de reconocer en el otro su alteridad, deambulamos como una sombra de nosotros mismos hasta ahogarnos” sentencia.

Esta tesis se corresponde con la propuesta de Zygmunt Bauman en su famosa idea del “amor líquido”. Ambos autores aseguran que una de las características del amor en el marco del sistema capitalista es que tiende al individualismo en donde el otro se considera una mercancía desechable. Para ellos el amor romántico se ha convertido en un objeto de consumo guiado por la idea del mayor goce a partir del menor riesgo posible.

Pero hay que precisar que el amor al que se refieren ambos autores se parece mucho al propuesto por Platón. En la búsqueda por reconocimiento de la alteridad del otro, el otro se sigue considerando algo así como la media naranja. En “Amor líquido”, Bauman, escribe a propósito del Banquete: “El deseo destruye su objeto. El amor esclaviza, hace prisionero y pone en custodia al otro. Arresta para proteger”. El autor lee el deseo con esa especie de concupiscencia católica pero ahora actualizada en los espacios del consumo “el deseo es el anhelo de consumir, de absorber, devorar, ingerir, digerir y aniquilar” apunta.

Por eso, si hay una agonía del eros y del amor líquido me parece que se trata de la muerte lenta de un modelo que necesita una revisión. A este respecto la ciencia ficción puede ayudarnos a pensar en nuevas formas de relaciones eróticas.

En la película “Her” (2013) Theodore Twombly (Joaquin Phoenix) tiene una relación sentimental con un sistema operativo inteligente llamado Samantha, su romance es muy peculiar, es virtual en tanto que no hay una interacción física, pero esto no cancela los sentimientos de empatía y apoyo, incluso para Theodor se trata de una experiencia que le ayuda a sanar su relación pasada.

Creo que es importante señalar que no se trata de una relación monógama tradicional, Samantha al ser un sistema operativo en algún momento señala que mantiene relaciones románticas simultáneas en una especie de red de comunicación, lo que podría ser tal vez la estacada más exacta al modelo de amor platónico. La relación de Theodore y Samantha va de la “media naranja” al “campo de zanahorias”.

La idea del amor (las relaciones sentimentales en específico) como campo de zanahorias la han propuesto sobre todo ciertos feminismos, se trata de pensar el amor de manera “rizomática”. Si la metáfora de la media naranja funciona para describir una relación en la que las identidades se construyen a partir de la pareja, el campo de zanahorias y en específico la figura del rizoma propone conformarnos a partir de múltiples relaciones (no necesariamente amorosas), invita a construirnos a través de diversas experiencias sin establecer una jerarquía entre ellas.

Por último, la experiencia virtual también cuestiona el modelo platónico, aunque sea en esa lectura “concupiscente” del deseo que no le hace justicia, porque si se elimina la presencia del cuerpo (recipiente de voluptuosidades) nos queda una vía más accesible a la idea y a la virtud. Pero “Her” es muy poco católica al respecto, y ese es uno de sus grandes logros, no busca ser una película moral. Sobre el cuerpo hay una propuesta muy interesante que también está en “Blade Runner 2049”: Samantha busca a una mujer humana para ser algo así como su “cascaron” y poder tener una relación coital (que no sexual) con Theodore.

Lo que aporta este experimento es una idea de lo erótico más allá del cuerpo con prácticas no centradas en los genitales. Recordemos que el placer no está enfocado en un solo punto y por eso desmantelar la idea del deseo asociado al placer sexual enriquece la idea del deseo por completo. En vez de ver al deseo como un destructor nos permite reconocerlo como hálito de vida y a mi parecer ese es uno de los grandes principios para dejar de pensar en el otro como una mercancía desechable; sin la identificación del cuerpo como objeto de consumo nos quedan más recursos al alcance: podemos erotizar cualquier experiencia virtual y hacerla fuente de gozo constante.

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