Lillith y el doggy style

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                                        “Lady Lilith”, óleo sobre lienzo, 1866.

Esta entrada es la última parte de mis reflexiones anteriores llamadas “Contra el coitocentrismo”, para tener un antecedente puedes hacer click aquí

Mi vida se rige por la paradoja. Una de las más divertidas era mi compulsión por la Cosmopolitan y la serie “Sex and the city” mientras cursaba mi licenciatura en Letras Españolas. En esa época mis intereses iban de los “10 consejos para ser dinamita en la cama” al “Curso de lingüística general” y del cine de David Lynch a las aventuras de Samantha Jones, fueron unos años bastante fructíferos. En retrospectiva me resulta interesante que un gran porcentaje de los artículos de la sección “love and sex” de la Cosmo traten sobre posturas o técnicas coitales dirigidas, evidentemente, a mejorar el desempeño de las lectoras. Si después de leer uno de los artículos de la Cosmo no tienes una técnica de felación digna de Linda Lovelace o Fellucia Blow, compra el siguiente número.

Esos artículos en particular (lo que marca el rasgo distintivo de la revista) son, a mi juicio, el resultado de dos elementos malamente combinados: la fallida revolución sexual de los 60’s y los tratados de amatoria como “El arte de amar” de Ovidio o el kama-sutra, por ejemplo. En todo caso me parecen que no tienen desperdicio si nos detenemos un poco a curiosear más a fondo, en ese ejercicio de curioseo descubrí los antecedentes históricos y morales de dos de las posturas favoritas durante el coito y que presentaré ahora en confrontación: “el misionero” y el doggy style.

“No es por vicio, ni por fornicio”

Como su nombre lo indica, la postura del misionero hace referencia a los bienhechores evangelizadores del Nuevo Mundo que durante la Colonia promulgaron la entonces conocida “postura angelical o de la serpiente” como la ideal para la procreación humana. Internet dice que Tomás de Aquino era un fiel defensor de la postura angelical, lo único que encontré fue la siguiente cita: “a abundancia de placer en un acto sexual bien ordenado no es contraria a la recta razón”. Ya en el siglo XX, durante la revolución sexual a la que me referí anteriormente, Alfred Kinskey en su “Sexual behavior in the human male” fue el encargado de bautizarla como “la postura misionero” en lo que, según varias fuentes, fue un error de traducción de un trabajo del antropólogo Malinowski.

“El misionero” tiene defensores y detractores, del lado de los primeros se señala que afianza el vínculo empático de la pareja porque privilegia contacto visual y que, en efecto, favorece la procreación debido a la forma en la que se acomodan los genitales. Del otro bando, algunos textos feministas encuentran en esta postura una metáfora del patriarcado y del sometimiento de la mujer al tener al varón encima marcando el ritmo y la intensidad (mientras la pobre victima yace inerte sin posibilidad de dirección). De estas metáforas surgió el rumor de que Lilith, la primera mujer de Adán, detestaba el misionero y prefería el doggy style.

La gran máquina masturbadora anal

Lilith, en la tradición judía, era una mujer pelirroja muy hermosa, que según se cuenta, cohabitó y conoció –en el sentido bíblico- a Adán antes que Eva. Lilith le reprochó al primer hombre por querer hacerlo sólo de misionero diciéndole “¿por qué quieres que yazca debajo de ti? yo también fui hecha del polvo”, después abandonó el paraíso, llegó a las orillas del mar Rojo y tomó como amantes a los demonios que ahí habitaban. El personaje de Lilith, debido a su rebeldía, se ha consolidado como símbolo de subversión en contra del sexo tradicional.

No es la única. La teoría queer en su lectura de “El Anti-Edipo” el primer volumen de “Capitalismo y esquizofrenia” de Gilles Deleuze y Félix Guattari ve tanto en la masturbación como en el placer anal una práctica “contra-sexual”. Beatriz Paul Preciado escribe: “el ano es un centro erógeno universal situado más allá de los límites impuestos por la diferencia sexual […] ¿quién no tiene un ano?”  y más adelante señala: “el trabajo del ano no apunta a la reproducción ni se funda en el establecimiento de un nexo romántico. Genera beneficios que no pueden medirse dentro de una economía heterocentrada”. Por tanto, según Preciado, la práctica anal supondría un reconocimiento de las personas como cuerpos parlantes “con la posibilidad de acceder a todas las prácticas sexuales significantes que la historia ha determinado como masculinas, femeninas o perversas”.

La guía Cat para la próxima revolución sexual

En esta línea, el queer propone una suerte de política experimental en la que interviene principalmente el cuerpo. Así, se postula una masturbación no sólo centrada en los genitales, sino atendiendo a todo el cuerpo. En ese mismo libro Preciado propone una suerte de masturbación de los pies y los brazos, como se ve en la divertida imagen que sigue:Sin título

también hay una potencia contestataria en el placer anal y en todas las prácticas no “falo céntricas”. Ahí donde la Cosmopolitan identifica los cuerpos como “mapas” de placer, yo propongo explorarnos y explorar a los otros como territorio. Me explico: si tenemos a la mano la guía de la felación perfecta, ésta nos habla (posiblemente con las mejores intenciones) de una ruta a seguir para llegar a un punto: un mapa, una representación de otra cosa: el territorio. Mi idea es tomar esa guía, pero no seguirla con el propósito llegar a un destino determinado, sino para ponerla de cabeza, cuestionarla: hagamos eyacular (metafóricamente, claro) no solo el pene, también el pie, la boca y las ideas.

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