Del perreo, el BDSM y el consenso

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Había pensado compartir con ustedes un artículo que leí sobre el acoso y el consenso a propósito del #Metoo y la reacción de algunos movimientos feministas, pero preferí investigar por mi lado y basarme en pláticas y experiencias con mis amigas F. y X.

Hace un par de fines de semana fuimos a un bar en la CDMX y varios chicos se nos acercaron para invitarnos a beber o a bailar. F. y yo nos preguntamos si no éramos un poco groseras al negarnos, pero ambas estuvimos de acuerdo con que disfrutamos más bailar (o perrear, según la música) en solitario. Esa experiencia me hizo reflexionar sobre el tema del consenso. A primera vista no parece difícil: el “consenso” se habría dado si alguna de las dos se hubiese sentido atraída por alguno de los varones que se acercaban, pero a mi punto de vista hay una “estructura patriarcal” (por decirlo de algún modo) que dicta los roles de la seducción: el varón siempre se equipara con el cazador y la mujer con la presa cazada, pero el feminismo (y aún más las prácticas BDSM) cuestionan dichos roles.

La primera vez que escuché sobre las relaciones consensuadas fue en el marco de las prácticas BDSM con sus siglas “SSC” (Safe, sane and consensual) en este tipo de prácticas que incluyen dolor-placer físico es necesario una palabra de seguridad y un consenso para saber hasta qué punto es posible explorar. El consenso según la RAE es un “acuerdo adoptado por consentimiento entre todos los miembros de un grupo”. Por su lado, el consentimiento, según Wikipedia, “es un concepto jurídico que hace referencia a la exteriorización de la voluntad entre dos o varias personas para aceptar derechos y obligaciones”, de acuerdo con este artículo “en medicina, se ha ampliado con el consentimiento informado […] puede provocar la muerte, lesiones, etc., es poco probable, pero eso te hace consciente de que esa posibilidad existe”

Hay una especie de aura legal en torno a la idea del consentimiento que además, según su uso en el léxico médico, lo torna unilateral: una parte acepta de manera consciente lo propuesto por otra, por eso ha sido importante definir sobre todo el concepto de consenso desde las relaciones personales, ya sea desde el BDSM o desde el feminismo, haciendo énfasis en la importancia del bienestar y placer de ambas partes. Volviendo al caso de mis amigas y yo en el bar: habríamos consentido aceptar una cerveza, pero habría sido una acción consensuada.

Por tanto, el consenso (concepto sobre el que trabajan los feminismos) debe construirse a partir de nuestros deseos y del conocimiento sobre lo que nos gusta, lo que queremos o lo que esperamos y debe expresarse de manera clara. Un silencio no es consenso. Por eso creo que es muy importante darnos cuenta que esta “estructura patriarcal” a la que me referí anteriormente no favorece la exploración femenina del placer, las mujeres por mucho tiempo hemos adoptado el rol del “dejarse seducir” o del “dejarse hacer”. Y aunque, me parece, que no es poco popular la certeza de que hay mayor placer en un encuentro sexual colaborativo, sigue existiendo una fascinación maliciosa en el ejercicio de la caza la que muchas veces encierra un ejercicio de poder que se traduce en abuso o violencia.

El poder, como también lo exploran las relaciones BDSM, se convierte en placer a través del gozo del otro, es una dinámica cooperativa, de ahí la facilidad para intercambiar roles, generar nuevas prácticas de placer a partir del dolor, entre otras cosas. Las técnicas de seducción en los bares deberían nutrirse más de la consideración de la otra parte. A mi punto de vista no hay mayor placer que ahí donde hay una sonrisa respondiendo a una mirada.

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