El sexo en la vía pública, el tamaño del pene y otros temas que le podrían interesar a Foucault

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En su célebre libro “Vigilar y castigar” Michel Foucault presenta uno de sus aportes teóricos más importantes: que toda relación social se encuentra inmersa en el ejercicio del poder y que, por tanto, es imposible salir de esta dinámica en la que unos señalan y reprimen a otros. La pregunta de Foucault a lo largo de sus diferentes “historias” (una suerte de búsqueda arqueológica por la episteme de una época) va en busca de la relación entre poder y saber. Para él, el saber se articula a partir de un grupo que decide qué es lo verdadero y por tanto “correcto” y “normal” disciplinando y reprimiendo toda expresión que se escape de éste criterio. Así, uno de los efectos más nocivos en la sociedad es la fusión del marco legal con el marco moral: posiblemente expulsamos la idea de que ciertas prácticas sexuales son ilegales en algunos lugares, pero nos negamos a realizarlas porque es la mirada del otro –y la propia– la que nos lo prohíben.

La mayor parte de la obra de Foucault explora las formas en las que se ha “normalizado” la sociedad. En “La arqueología del saber”, por ejemplo, nos dice que se normaliza por medio del lenguaje, para él, el discurso de las ciencias sociales se articula a través de términos binarios opuestos “bueno-malo”, “heterosexual-homosexual”, “sano-loco”; cuando en el discurso se identifica un término como “correcto” su opuesto debe ser disciplinado a toda costa. En el primer tomo “La voluntad del saber” de su “Historia de la sexualidad” expone que, contrario a lo que podríamos suponer, el discurso sobre el sexo jamás ha estado reprimido, con su llamada “hipótesis represiva” dice que desde finales del siglo XVI los temas sobre el sexo han estado sometidos a un “mecanismo de incitación creciente”.

De esta forma, en la confesión católica o en el diagnóstico médico los sujetos, según Foucault, nos preocupamos por describir nuestros deseos, fantasías y encuentros sexuales con el temor de que puedan ser “desviaciones” de la norma. Para la confesión el sexo debe ser monógamo, heterosexual y procreativo; para la clínica debe ser higiénico y medible. Al hacerse discurso, el sexo ahora está sujeto a estadísticas y a estándares “¿con qué frecuencia se practica?, ¿cuál es la duración normal del coito?, ¿cuál es el tamaño “normal” del pene? ¿cuánto debe durar una relación coital?”. La sobre exposición del deseo hace posible su control, la norma asimilada por el propio sujeto es más eficaz que la coacción de una ley externa.

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Así, una característica de la sexualidad en nuestra época es la llamada scientia sexualis en contra de la ars erótica. Foucault describe el nacimiento de la sexología como una ciencia encargada de estudiar y analizar los estándares de la genitalidad y la sanidad en vez de explorar las posibilidades de la ars erótica que eran de conocimiento común en la Grecia clásica o en la India antigua. En el siglo XIX el dispositivo de la sexualidad (la forma en la que se construye el discurso desde el poder) condenó la masturbación en los niños, convirtió en histéricas a las mujeres y enlistó una serie de “parafilias” sexuales de la sociedad para regular y defender un orden del sexo que preservara el buen funcionamiento del aparato familiar.

Para Foucault, entonces, la importancia de la reflexión sobre el sexo debería apuntar a conocer desde dónde se enuncian los discursos sobre el placer y en hacer aparecer el cuerpo como ese espacio sobre el que actúa el placer. Hay que pensar ahora en los placeres eróticos del cuerpo en lugar de sólo aprender el funcionamiento y los nombres de nuestras partes genitales.  Es importante, por tanto, proponer una especie de práctica nodal: explorar a través de la práctica individual y del análisis de los límites y alcances del placer. “El sexo es el punto imaginario fijado por el dispositivo de la sexualidad por el que cada cual debe pasar para acceder a la totalidad de su cuerpo y su identidad, puesto que [la identidad] une a la fuerza de una pulsión la singularidad de una historia”, escribe.

Es interesante que para Foucualt el dispositivo del sexo tanto del psicoanálisis como de la sexología (y yo rescataría también el de la confesión católica) en su búsqueda por reprimir y controlar el deseo ponen en evidencia la existencia de un cuerpo sobre el que actúan los pensamientos “desviados”. De ahí que en eróticas como el bondage o el shibari se juegue con la “normalización del cuerpo” (el corset victoriano, las cuerdas de tortura japonesa) pero ahora en la búsqueda del placer, se subvierte un orden instaurado y se goza con la prohibición original. Lo mismo en la obra de Sade y en la literatura de los libertinos del siglo XVIII que a través de la tortura y del poder que la iglesia representa se denuncia y se demuestra cómo de manera física el dolor es susceptible de causar placer, o cómo de la prohibición puede obtenerse un excedente de deseo (algo que ya señalaban muy bien Freud y Bataille con la idea del tabú).

Por último, las lecturas posteriores a la obra de Foucault, como el queer o ciertos feminismos, señalan lo que oculta la norma para a partir de ahí generar una crítica. La lucha desde nuestra trinchera no debe regirse sobre la norma de lo correcto o instaurado, hay que cuestionar incluso las propias recetas de la sexología. El placer siempre transita por los intersticios de lo aceptable.

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