La fantasía sexual y el deseo fugitivo

Para mi amiga X, que ama.

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Fotograma de la película “Vértigo”, 1958, de Alfred Hitchcock. Según Slavoj Žižek la película refleja el deseo fantasmagórico: la búsqueda del protagonista por una mujer que no conoce del todo porque siempre está vista a través de ese deseo.

Toda fantasía sexual es una representación inmaterial de nuestro deseo y una de las cosas más bellas de la fantasía sexual, además de esa inmaterialidad, es que se asemeja a un cuento íntimo que nos relatamos a nosotros mismos.
En nuestras largas pláticas nocturnas, por allá del 2016, mi amiga X. y yo comentábamos las fantasías más comunes de la soltería, en nuestra imaginación ese estado se nos presentaba como una etapa para hacer todas las locuras posibles; ya en la práctica, las experiencias más divertidas siempre fueron las cosas más simples y exentas de toda ilusión de satisfacción de deseo sexual.

Porque cuando creemos que vamos hacia la realización de nuestras fantasías en realidad sólo somos tristes caza-fantasmas del deseo. En la obra de Homero encontramos la palabra eidolón que suele traducirse como “fantasma”, “sombra” o “simulacro”, cuando Patroclo muerto se le aparece en sueños a Aquiles, él le tiende los brazos en vano, pese a que tiene sus mismos ojos, su misma vestimenta; es una representación, un simulacro, no puede aferrarlo. Slavoj Žižek en sus ideas sobre el deseo masculino es más oscuro aún y dice que toda realización de una fantasía induciría a vivir la pesadilla más terrible de todas, porque la fantasía es una proyección perversa erigida sobre nuestras propias reglas macabras, no puede obedecer al plano de lo real.

Y, sin embargo, creemos que la felicidad se encuentra en la realización de la fantasía (o en alcanzar una meta) confundimos el simulacro con la realidad, abrazamos fantasmas. Esta concatenación basada en la búsqueda de un deseo siempre prófugo involucra una vida de apego e insatisfacción. Para Gilles Deleuze esto pasa por que el deseo se construye como un lenguaje que funciona en torno a identidades fijas sin enterarnos que ahí no radica lo importante. La vida está en lo que atraviesa, en lo siempre fluente y cambiante, no está en el ser sino en el devenir.

Así, podemos entender el deseo a partir de la imagen mental del río, pero también de la llama y aún más del viento, a través de estas metáforas es cuando más cerca estamos de vislumbrarlo en su relación con el amor y con la vida. Porque la vida se articula de deseo, es el impulso, es lo que nos mueve, es el aliento: “un huracán que avanza alegremente”, dice Deleuze. El antecedente en el pensamiento occidental más importante que enlaza deseo y amor en el marco de la ética es la filosofía de Spinoza “el deseo es la esencia misma del hombre”, escribe. No es falta platónica sino potencia y aún más, potencia de existir, de actuar, de gozo y alegría.

Para Deleuze el deseo siempre funciona como un conjunto, utiliza como ejemplo el amor de Marcel por Albertine en “El busca del tiempo perdido”, la novela de Marcel Proust, para decir que uno nunca ama sólo a una mujer porque sí, sino que la ama a ella y a todo su paisaje. De esta forma, cuando deseamos estamos siempre construyendo una fantasía en torno a un objeto, nuestro deseo nunca se agota en alcanzar ese objeto, va de la mano con las delicias que imaginamos a partir de él, ósea el paisaje. Lo difícil para Deleuze y para Žižek, en todo caso, no es conseguir lo que se desea, sino el simple acto de desear, porque puede que estemos deseando bajo la influencia del deseo impuesto por otros (la publicidad, un sistema ideológico).

Desear así, conscientes de las las múltiples ramificaciones existentes en torno a lo que creemos que lo agotaría, expande el deseo, lo une a la vida, porque amar la vida es amarla en su conjunto, no hacia atrás a una genealogía arbórea ni hacia adelante, en la incertidumbre y el anhelo. La amamos en su expansión, más similar a la figura del rizoma, como también apunta Deleuze, en sus atascos, en sus accidentes y en todo lo que la construye día a día. La vida es acontecimiento.

Por último, pese a que el fantasma siempre sea la representación de una presencia ausente y la fantasía un relato íntimo, fugitivo e irrealizable, a la luz del deseo como motor y como aliento, no tendría que parecernos una condena el hecho de no poder aprehenderla; al contrario, nos invita a colorear aún más nuestra imaginación y entender que no existe ninguna falta, todo deseo es siempre empuje permanente.

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