La ética de la pareja

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Fotograma de la película “La insoportable levedad del ser”,  1987. La película explora el tema del deseo y el compromiso de pareja.

La última vez que platiqué con mis amigas M. y F. sobre las relaciones de pareja llegamos a la conclusión que el amor romántico es una experiencia agotadora.  Ahí comentamos algo sobre ceder, idealizar menos, llegar a acuerdos; en fin, construir una relación no desde lo que hemos visto en la cultura popular sino sobre nuestros aprendizajes.

Es curioso que sea un filósofo francés (André Comte-Sponville) el que más ha hablado sobre reivindicar a Aristóteles sobre Platón a través de la idea del amor como ágape, porque de Francia también es el amour fou, su antítesis. En la entrada anterior mencioné su libro de ensayos “Ni el sexo ni la muerte” en donde rescata la virtud de la amistad. Para entender el amor como ágape tenemos que tener dos ideas claras: la amistad y la alegría.

Para Aristóteles, el amor no es una falta sino alegría, en lugar de mortificarnos por una especie de amor trascendente y siempre faltante, tendríamos que disfrutar de la intimidad, la suavidad, la ternura y la complicidad de la vida en común. Esto se configura como un proyecto que se asemeja más a los acuerdos de la amistad que a los desencuentros del amor romántico. Y, aun así, para nosotros es muy difícil relacionar el amor de pareja con la amistad porque las diferencias están muy claras en nuestra cultura: la ausencia o presencia del sexo es la clave.

Para Comte-Sponville, Michel de Montaigne es el más lúcido para explicar la naturaleza de la amistad en contraste con la del amor romántico.

En el amor se trata tan solo del deseo furioso de aquello que nos rehúye. En cuanto se convierte en amistad, es decir, en acuerdos de voluntades, desmaya y languidece. El goce lo destruye, porque su fin es corporal y es susceptible de saciedad. La amistad, por el contrario, se goza a medida que se desea; se eleva, nutre y va en aumento tan solo con el goce, porque es espiritual y porque el alma se purifica con el uso.

Las palabras de Montaigne se asemejan a los estadios vitales que ilustra Søren Kierkegaard. Su personaje de Don Juan nos ayuda a entender el estadio estético, regido por un deseo voluble. Participar tanto del estado ético y más aún del religioso[1] nos permitiría llevar una existencia más alegre en la que la satisfacción del deseo entendido como falta no sea algo que nos torture. Debemos, pues, estar más cerca del deseo según Spinoza que lo ve como un impulso vital que nos guía.

Por tanto, la práctica de la ética de pareja no es la represión del deseo animal e incontrolable, del modo como lo diagnosticó Freud. No se trata de escoger a una pareja negando la posibilidad de encontrar la satisfacción en muchas otras más; sino de erigir un modo de conducta en donde ambas partes se encuentren conformes. En esa “conformidad” (que no debe ser entendida en un sentido peyorativo) es donde adquiere total sentido la idea de amistad según Aristóteles y Montaigne.

En nuestra cultura un amigo sigue siendo una persona con la que decidimos estar respetando su espacio y sus relaciones con los otros, respetamos a nuestros amigos aunque muchas veces no estén de acuerdo con nuestras opiniones, de ahí que aceptemos su consejo, lo entendemos como un punto de vista exterior al nuestro. En la relación de pareja de tintes platónicos pasa lo contrario, hacemos del otro un otro yo siempre de acuerdo con nuestras ideas y esta es sólo una característica entre otras muchas más, filósofos con como Alain de Bottom o Dario Sztajnszrajber se suman a la crítica del amor romántico y exploran nuevos conceptos para entenderlo en sus canales de youtube.

A manera de desafío, Comte-Sponville nos sugiere explorar la sexualidad en la amistad y cultivar la amistad en nuestras relaciones de pareja, insiste sobre todo en  la convivencia diaria sobre cualquier ilusión wherteriana. De este conocimiento agregaría yo ver la ética del deseo no como una represión sino inclusive como una moral personal ya que en el simple hecho de decidir qué nos da placer y que no, estamos tomando partido respecto al gozo. Lo curioso es que parece difícil, al menos en el pensamiento occidental, no sospechar de una especie de contención impuesta sobre nuestros placeres (pensemos en la moral cristiana) y sin embargo hay cierta belleza en la templanza, en la mordida pequeña, pero esta última idea será tema de entradas siguientes.


[1] No debemos entender los tres estadios como si de escalones se tratara, no es un progreso en el que uno anule al “anterior”, son más bien esferas relacionadas entre sí. En varios momentos de nuestra vida estamos ya en uno u otro estado.

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2 comentarios sobre “La ética de la pareja

  1. El amor… ¿tiene sentido hablar de el? ya Lacan lo describe como… “El amor es ofrecer lo que no se tiene a quien no es” o “a quien no lo quiere..” también la he oido así… Al parecer tiene un caracter trágico inmanente… Somos seres sexuados y el amor por alguien no excluye el deseo carnal por otras personas… Se dice que al hombre le duele más una infidelidad sexual y a la mujer una infidelidad de tipo de enamoramiento… y esto puede explicarse por una cuestión evolutiva (el hombre teme criar los hijos de otro varon sin saberlo y la mujer teme perder su sustento económico…), sin embargo, hay otra cuestión que es aún un poco más trágica en mi opinión, la cual es la incapacidad de una real comprensión, lo inutil de la comunicación…

    Se dice que las distintas personalidades experimentan de manera diferente la sexualidad, los neuróticos tienden al amor y los perversos tienden al goce… ¿Y si simplemente no podemos sentir las mismas emociones? ¿Y si el amor es una emoción guardada solo para los neuróticos? ¿Cómo podemos saber lo que la otra persona siente?…¿Cómo podemos comprobar esto?…Imposible…

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