La erótica del amor

A D. 

cupid_and_psyche
“El amor de Psique”, escultura de Antonio Canova, 1793.

El amor siempre es violento, entraña un complejo proceso de construcción de identidad a partir del encuentro con el otro hasta el punto en el que podemos sentirnos desollados, arrancados de nosotros mismos, separados de nuestra otra mitad o mutilados cuando toda relación acaba. Graham Greene decía que es muy sencillo escribir sobre el dolor porque en él todos somos individuos grises; lo complicado es escribir sobre la felicidad ¿qué se puede decir de ella? ¿se la describe como una emoción pasajera? ¿se la compara con una sensación o un sentimiento; un fin o un resultado? Poco se ha escrito sobre eso y, al contrario, pareciera como si el dolor (la tragedia) estuviera más desarrollada artísticamente que la felicidad (la comedia, que no es lo mismo). Tenemos la ópera, el tango, el fado, la música ranchera como ejemplos, en sus letras se nos dice que el amor es una fuente de perturbación constante, cosa que podemos constatar a partir de experiencias personales, entonces ¿por qué seguimos buscándolo?

That ole devil called love

Tal vez sea por esa especie de promesa de felicidad eterna, fusión y complementariedad que alcanzaremos una vez que encontremos nuestra otra mitad. Estas ideas están expuestas en “El banquete” de Platón con el mito del andrógino, en palabras de Aristófanes en un principio éramos seres redondos con dos bocas, cuatro manos, cuatro piernas y dos órganos genitales; debido a nuestro orgullo hicimos molestar a los dioses que nos mandaron a partir como un huevo duro por la mitad y ser condenados a vagar eternamente hasta encontrar nuestra parte perdida, el ombligo es el recordatorio de ese corte original y de esa búsqueda que nos imprime una suerte de “melancolía originaria” convirtiéndonos en Romeo hablando con la luna sobre la eterna búsqueda de aquel amor que tantas veces hemos soñado.

Este mito supone que no buscamos a un otro “yo” autónomo por sí mismo, sino a una parte de nosotros originaria y perdida: la otra parte de nuestro propio cuerpo, la otra mitad, la media naranja. Surge entonces la pregunta ¿con quién tiene que ver el amor, con uno mismo (con nuestros ideales y anhelos) o con el otro? El amor como esa cosa que falta es expuesto en el mismo “Banquete” con la intervención de Sócrates y el nacimiento de Eros. Eros es un demonio que enlaza el mundo de los humanos con el mundo de los dioses, al ser hijo de Penia (la pobreza) y Poros (la abundancia) va descalzo y vive en la indigencia, pero también busca lo bello y el conocimiento. El amor como eros, según Platón, prefigura la idea de deseo como la búsqueda eterna de todo lo que se nos escapa; no es fusión, sino falta, no es plenitud: es la pobreza siempre hambrienta. Solo amamos aquello que deseamos; solo deseamos aquello que nos falta.

A sunday kind of love

Más acorde con la interpretación romana, Eros (Cupido) se identifica con el rapto, el flechazo y la pasión romántica. Cupido es hijo de Venus (el amor) y Marte (la guerra), Roland Barthes en “Fragmentos de un discurso amoroso” señala la equivalencia semántica entre el amor y la guerra: conquistar, raptar, capturar, caer. “Todo enamorado que recibe el flechazo tiene algo de Sabina”, escribe. Sin embargo, hay una especie de predeterminación a caer enamorado, fruto de la idealización que nos hemos hecho respecto del otro (el otro no es otro más que un fantasma hecho por mí mismo a la espera de ser liberado).

Los efectos de cupido modifican nuestra percepción de la realidad. Todo se vuelve más suave, más dulce, más bueno, como el paraíso hecho para nosotros en la tierra. Estamos atravesados por la flecha y fuera de nosotros mismos, poseídos por el demonio del deseo. Si amar es ir pos de aquello que nos falta, una vez que lo alcanzamos, ¿dejamos de amar?, ¿qué sucede al día siguiente del nacimiento del amor, en ese domingo de dicha después de la embriaguez del sábado? El problema del amor como eros y de la tradición romántica del amor (esa que cantan los tangos y las canciones rancheras) es que nos hace construir al otro a partir de un molde que debe de encajar con todas nuestras necesidades y compartir nuestra idea de pareja.

I say a little prayer

Tal vez nuestra infelicidad y dolor proviene de nuestra tendencia a desear al otro como si quisiéramos hacerlo parte de nosotros, este tipo de apego es el origen del sufrimiento, como bien lo señala el budismo o la filosofía de Arthur Schopenhauer. De acuerdo con Platón, Epicuro y después Kant, la felicidad radica en tener lo que se desea, es satisfacción, disfrute y plenitud; pero si el amor siempre representa la falta, el amor no puede dar la felicidad. Y, sin embargo, no todo amor implica dolor. En su libro “Ni el sexo, ni la muerte. Tres ensayos sobre el amor y la sexualidad” André Comte-Sponville describe tres distintas formas en las que se entendió el amor en el mundo griego: amor como eros, amor como philia (la “amistad” conyugal según Montaigne o el amor a los hijos: un amor desinteresado y que expande) y amor como ágape. Me centraré en éste último.

Ya en el mismo “Banquete” Sócrates, compartiendo las palabras de Diotima, proponía una especie de amor trascendente (posiblemente el Uno primordial de los platónicos) un amor por la falta última, más allá de la materia, más allá de la esencia; lo bello y bueno en sí: Dios. En el cristianismo este tipo de amor se traducirá como caridad, su versión budista es la compasión y en el confucianismo ren, que suele traducirse como “humanidad”. Aterrizado a su dimensión de pareja Comte-Sponville apunta la ternura como sinónimo de la caritas cristiana.

El amor-ágape no ve al otro como la falta, sino como potencia; no es parte de uno, sino que es sujeto autónomo, no parte de un molde idealizado; implica un proceso de conocimiento y respeto por lo que es y por lo que somos (todos somos ya “naranja completa”, como dicen por ahí). La caridad es amor sin ego, sin posesión y sin pertenencia. Entender al amor como un proyecto común implica también un proceso de conocimiento sin apropiación del otro. Gustavo Cerati dice en una canción que me gusta bastante “comprender que solo estar es más puro” y me parece que ahí está la clave para reconstruir los discursos románticos que hemos aprendido a través de las canciones de desamor. Tenemos que volver a aprender a amar y construir la forma que más se adecue a lo que busquemos, posiblemente ahí reivindiquemos la alegría.

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