Ánima, animus

 

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Una vez le hice a alguien la pregunta “¿qué se siente ser hombre?” porque yo tenía en mi mente la idea de la virilidad expresada a través de la fuerza física y de una especie de sometimiento –físico también y consensuado- que me permitía ser dócil, sentirme vulnerable y por tanto protegida. Quería saber qué tan conscientes somos del influjo de la cultura, pero sobre todo me interesaba cómo nos sentimos varones o mujeres durante un encuentro sexual, porque creo que ahí se nos rebela algo, nos mostramos un poco más instintivos, como si atendiéramos una especie de eco muy lejano que nos llama, que le habla a algo que vive dentro, o a esa energía que se complementa cuando nos fundimos en el otro. No pretenderé definir conceptos en las líneas posteriores, sólo presentaré algunas ideas que bosquejaron esa suerte de “llamado” que he experimentado en la pregunta sobre mi “feminidad”.

En el principio el Universo nació de una sola energía: Shiva-Shakti. Shiva representa la energía masculina, la conciencia suprema que habita en el chakra sahasrara en la parte superior de la cabeza. Shakti, su compañera, es la energía femenina, el aspecto creativo y dinámico que yace dormida dentro nosotros como energía kundalini en la base de la columna vertebral esperando ser despertada. Cuando la kundalini-shakti despierta se une con Shiva (lo absoluto) y en su camino recorre nuestro cuerpo en forma de serpiente desenroscada. Entonces experimentamos el matrimonio y la danza sagrada, sólo en esta unión somos capaces de poder vislumbrar el uno y encontrar nuestro “sí-mismo”.

Aquel que accede a la Shakti, alcanza la no distinción entre Shiva y Shakti
y traspasa la puerta de acceso a lo divino.
Así como se reconoce el espacio iluminado por los rayos del sol,
así se reconoce a Shiva gracias a la energía de Shakti,
que es la esencia del Ser.
-“Vijnanabhairava Tantra”

En el hinduismo Shiva y Shakti son formas particulares de representar la polaridad dialéctica mediante la que es posible la unión con el Todo originario. En su importante interpretación de los símbolos compartidos en numerosas religiones, Carl Gustav Jung formuló los conceptos de ánima y animus para representar los arquetipos de lo femenino y masculino. Para Jung, los seres humanos constituimos una manifestación parcial de la totalidad a través de polos indivisibles representados ancestralmente en pares como: sol/luna, cielo/tierra, espíritu/naturaleza.

Así, en numerosas tradiciones encontramos que la creación del universo parte de la unión de dos fuerzas opuestas y necesarias. En estos mitos es bastante bella la distinción entre lo pasivo y lo activo porque identifica a lo femenino con la tierra, la naturaleza y la fecundidad que reposa y a lo masculino como lo que irrumpe y fecunda esa tierra. El correlato de la creación es el de nuestro propio descubrimiento a través de las dos energías masculinas y femeninas presentes dentro de nosotros. Por eso es importante recalcar que para Jung el conocimiento del “sí-mismo” (opuesto al ego y arquetipo de lo inconsciente colectivo) se da cuando reconocemos la energía masculina (animus) que habita en nosotros si somos mujeres y nuestra energía femenina (anima) si somos varones, polos en unión dialéctica. Este conocimiento es descrito en su obra “Los arquetipos y lo inconsciente colectivo” como proceso de individuación.

8a97ee961fb10676aac13f92c94ae4b2Para Jung, lo femenino y masculino no representa lo materno o paterno en el sentido freudiano, éste dúo tiene más bien su símil en nuestro propio desarrollo psíquico: es un juego de separación, reconocimiento y unión al modo de los textos tántricos o hinduistas. La madre para Jung, en todo caso, representaría un camino (Via Regia) de autoconocimiento a partir de nuestra energía creativa, y no un refugio en la infancia. La creación, por su parte, en la psicología analítica, se relaciona con el proceso creativo de naturaleza femenina pero también masculina: Nataraja  es la danza de Shiva creadora del cosmos.

Podemos encontrar numerosos ejemplos de cómo funcionan los arquetipos a nivel simbólico en el del estudio de los mitos. En su fantástico libro “La rama dorada”, James George Frazer, describe en el capítulo “La influencia de los sexos en la vegetación” cómo la hierogamia (el matrimonio sagrado) estaba relacionada con los ciclos de siembra y cosecha:

Cuatro días antes de confiar la simiente en la tierra, los indios pipiles de América Central se mantenían apartados de sus mujeres con el designio de que en la noche antes de sembrar pudieran entregarse a las pasiones en toda su extensión; se dice que algunas personas eran nombradas para ejecutar el acto sexual en el mismo instante en que las primeras semillas se depositaban en tierra.

El matrimonio sagrado representa no sólo la unión sexual sino también la “concordia de opuestos” universales: abajo y arriba, yin y yang, yab y yum, que entrañan la vía de conocimiento con el Uno a través del otro y de uno mismo en el reconocimiento de éstos como integradores de la persona. Por eso, en los espacios de unión/fusión que escapan de toda lógica racional (el coito alude al ex-tasis: salir de sí, dejar de ser ego, ser en el otro) podemos develar un poco el velo que todo lo cubre y tal vez participar, aunque sea por breves momentos, de los espacios de lo divino.

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