Machos ardientes, hembras renuentes; una aproximación al género no binario

A mis camaradas del curso.

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Pavo real, macho ardiente que extiende sus bellas plumas para atraer a la hembra, de cola menos bella, la diferencia de rasgos físicos se llama dimorfismo sexual.
  1. Dimorfismo

Este mes de octubre estuve en un curso propedéutico para una maestría en Estética y Arte en la ciudad de Puebla. En una de las materias revisamos la selección natural de las especies de Charles Darwin, la pertinencia de esta teoría con el arte era, a grandes rasgos, que posiblemente el concepto de belleza había evolucionado a partir de la utilidad de los adornos del macho (las plumas del pavo real, por ejemplo) para atraer a la hembra, el título de la dispositiva donde se explicaba esto era el mismo del de éste artículo (sin lo agregado después del punto y coma), lo que causó un poco de carrilla entre los compañeros.

Mi carrilla partía de una inquietud personal que había surgido mientras revisaba algunos conceptos de sexología como el de intersexualidad. A principios del siglo XX, el sexólogo Havelock Ellis utilizó éste término para sustituir al de dimorfismo darwiniano que había sido el responsable, en una trágica lectura del mismo, de dar un excesivo protagonismo a las funciones genitales y por tanto reproductivas del sexo obviando las complejas dimensiones de la sexualidad.  La defensa del dimorfismo resalta las carencias de un sexo sobre el otro: el macho ardiente busca copular, la hembra renuente procrear.

Esa inquietud se debía sobre todo a mi lectura de “Orlando” de Virginia Woolf. En un primer momento yo interpretaba que Lady Orlando (le protagonistx de la novela) había pasado de ser hombre en una primera etapa de su vida a ser mujer en otra para resaltar las formas en las que se podían entender diferentes vivencias como el amor, los sistemas legales o la maternidad pero desde un punto de vista masculino o femenino. Mi problema era que seguía separando ambos puntos de vista, pensaba de manera dicotómica y no dialéctica, por eso quiero dejar aquí el siguiente esquema:

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2. Intersexualidad

Para Ellis, la intersexualidad nos permite comprender cómo en el proceso de sexuación se combinan características tanto biológicas como psicológicas de ambos sexos; pero al ser el sujeto el que se sexua, es él el responsable de su construcción como persona. El proceso de sexuación no sigue una línea recta, integra caracteres sexuales masculinos y femeninos que se comparten en grados y niveles; esto nos permite pensar en un sujeto que puede combinar y resaltar ciertas características sin negar las anteriores, tal como Lady Orlando en la novela. De acuerdo con el esquema, la aparente oposición de ambos géneros integra la negación de ambos: el opuesto de femenino no es masculino, es no-femenino, tiene en sí mismo parte de ambos.

Las anteriores ideas las defiende el genderqueer, mismo que se opone al binarismo normativo de las identidades de género. Dicho binarismo, en su afán por describir un fenómeno y coronarlo como el marco (la norma) ha caracterizado como opuesto (y a veces desviado) todo lo que no encaja en sus descripciones, es también el responsable de nuestra idea dicotómica entre macho y hembra u hombre y mujer y de los extraños prejuicios como que hombre puede ser un poco afeminado y una mujer muy masculina siempre y cuando “tenga definida su orientación sexual”. El binarismo tiene mucho que ver con la asociación de identidad como esencia inamovible, como se verá a continuación.

3. Identidad: esencialismo y contingencia

La palabra identidad proviene de la raíz latina iden que significa “lo mismo”, el concepto parece aludir a algo inmutable, estable, siempre permanente. El principio de identidad le sirvió a la filosofía moderna para explicar el mundo, era importante saber que una cosa es lo que es y no otra, así surgió el esencialismo: lo que es (un objeto, una persona, un grupo, una nación), es lo que permanece sin importar sus accidentes (color, nombre, color de piel, idioma) aquí hay una especie de trascendencia política: la esencia hace que algo sea lo que es sin cambiarla en el aquí y ahora.

El peligro de pensar en algo tal como una “identidad universal e inmutable” es que esto lleva a la construcción de un discurso hegemónico (y a la larga, al de un régimen totalitario). La esencia, en estos discursos, obedece a una construcción de sentido fijo emitido desde una postura de poder. Por eso, algunos filósofos proponen pensar la identidad como una búsqueda individual en permanente construcción: “yo soy lo que voy siendo”. Frente a lo que permanece, pensar en lo que fluye.

En este sentido, la idea alternativa al esencialismo, es la que defiende lo contingente, misma que en la filosofía existencialista tiene un impacto poderosísimo al hacer al sujeto responsable de su estar en el mundo. A mí me parece también una idea revolucionaria: en el anterior artículo mencioné que el otro no nos define, aquí quería jugar un poco al detective para extender la idea del otro no como los otros sujetos sino también como los conceptos poco cuestionables como el de género o identidad. En textos futuros trataré un poco más a detalle las construcciones de lo masculino y femenino, por ahora quiero confesarles a mis compañeros que aún no descifro el sentimiento de lo bello y su relación con la evolución darwiniana o su función política (y axiológica); algún día pensaré en eso, hoy es el sexo lo que me ocupa.

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