El nombre en el placer erótico

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“Dora y el minotauro” de Pablo Picasso. El arte de las vanguardias presenta una forma peculiar de interpretar las formas.

Está muy difundida esa idea de que los hombres son más visuales que las mujeres, mientras ellos se excitan con nuestro pack o viendo más porno, nosotras (se dice) preferimos la literatura erótica, las descripciones por texto o por audio. Francamente no sé qué tan cierta sea esta idea, alguna vez encontré un par de artículos científicos que lo avalaban; en lo que yo creo plenamente es en el poder de excitación que tienen las palabras ya sean escritas o habladas.

Últimamente he estado reflexionando sobre las formas que tenemos para dirigirnos al otro en el placer erótico, no sólo en el coito, sino también en los apodos cariñosos que se usan en una relación sentimental o en las palabras sucias antes o durante el encuentro sexual. En el placer erótico los nombres se prestan a todo un excitante y complejo juego de seducción, quiero ilustrarlo con la siguiente canción: clickéame y con este poema de Guillaume Apollinaire:

Mi pequeña y adorada Lou. Quisiera morir un día en que me amases.
Quisiera darte unos azotes para que me amases.
Quisiera hacerte daño para que me amases.
Quisiera que fueses mi hermana para cometer incesto.
Quisiera que hubieras sido mi prima
para que nos hubiéramos amado siendo muy jóvenes.
Quisiera que fueses mi caballo para cabalgarte mucho tiempo.
Quisiera que fueses mi corazón para sentirte siempre en mí.

En el juego erótico una puede ser la niña, la prostituta, la musa, la virgen, la hermana, la dominatrix; en fin, la representación de un deseo. Y en sintonía, representar lo que del nombre se deriva, porque el sexo es un acto performativo: se hace el sexo, en ambos casos en el nombrar está la clave, más allá de toda figuración y más allá de toda fantasía, cuando nombramos creamos realidad.

Para Walter Benjamin el lenguaje del hombre es el que nombra a las cosas y es por el nombre que podemos tener conocimiento de ellas; para él, el lenguaje se comunica en sí mismo al ser parte del lenguaje divino. En algunas tradiciones orientales de las que es heredero el catolicismo ortodoxo, la palabra tiene poder propio, se comunica en sí misma, como los mantras, en los que además de la palabra escrita se involucra imagen mental y vibración (sonido). En el mantra nos acercamos más al cuerpo.

De esta forma, cuando nombramos tenemos el poder de invocar, de hacer presente algo y conocerlo. Roland Barthes en su “Fragmentos de un discurso amoroso” dice que para el enamorado el pronombre dice poca cosa, pero en el nombre propio está el sujeto amado: Carlota para Werther. En el nombrar también se genera una ficción que, en el juego erótico, puede tomarse por unos instantes como real porque tenemos la potencia de ser por un momento lo que el otro nombra, somos la característica desnuda que mostramos: la gatita, la inocente niña, la mujer salvaje. Pero también somos lo que se quiere de nosotros: la dominadora, la sumisa. Y ahí estamos más cerca de nosotros mismos que en ningún otro momento porque somos cuerpo entregado sin los accidentes de los adjetivos; es decir ya no somos hija, hermana, profesora, doctora, editora, simplemente somos. En este pleno conocimiento, que se parece mucho a esas experiencias en las que nos despegamos del ego (el ego es todo lo que identificamos con lo que somos pero que no nos constituye) también se tiende al silencio.

El orgasmo es el gran momento inarticulable. Ahí sólo queda el grito o gemido, yo lo veo como el momento en el que nos constituimos como cuerpo sin razón, de ese espacio podemos aprender a desprendernos del ego. Hay una escena de la película “El último tango en París” que me lo recuerda; en la película los protagonistas habían acordado no revelar sus nombres (porque era la máxima fantasía por fin hecha deseo) así que cuando ella le pregunta cómo puede llamarlo, él le responde con gemidos. Si en el nombre se conoce y en el nombre propio nos identificamos, en el aullido él le permitía volver a conocerlo (en el sentido bíblico también) y a partir de ahí, hacer algo así como crearlo.

Para mí no hay otro momento en el que la palabra tenga tanto poder evocativo y creativo como en la descripción erótica (excepto tal vez en la oración, la que también reconoce el poder de la palabra) ahí se demuestra que los nombres no son contenidos mudos que sólo señalan a las cosas. Hacer el uso de las palabras, finalmente, no sólo nos permite excitarnos con ellas, nos permite también conocernos en lo más profundo, comunicarnos y probarlas cuando nos abisman al placer del grito y del silencio.

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