Del Kama Sutra, el voyerismo y la mirada del otro

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Escena de la película “Un perro andaluz”, 1929

 

  1. La mirada como aprendizaje

Si imagináramos a la primera pareja de homínidos sobre la tierra –llamémosles Adán y Eva- en algún momento tendríamos que llegar a la conclusión que nuestra estirpe se originó entre relaciones incestuosas y voyeristas. Nuestros antepasados tuvieron que ser grandes imitadores con fuertes vínculos comunitarios que a partir de la observación  aprendieron a identificar desastres naturales pero también apreciar los efectos corporales del placer erótico.

La facultad de imitación constituye la base de nuestra capacidad de aprendizaje por lo que, a la par de nuestra capacidad de establecer vínculos con los otros, nace nuestra capacidad de observar para aprender, y tal vez de paso, sentir cierto placer en esto. Por tanto, el voyerismo y el erotismo son hermanos. Es una idea bastante poética, en algún lugar leí que algunos psicólogos explicaban el voyerismo como un intento por presenciar la “escena original” de nuestra propia concepción.

Así, libros amatorios de diversas religiones, como la poesía del monje zen Ikkyu Sojun, el “Libro de cabecera”, las “Mil y una noches”, el “Jardín perfumado”, el “Cantar de los cantares” o el “Kama Sutra”, funcionaron como libros didácticos. Del “Cantar de los cantares”, por ejemplo, las esposas católicas podían (o pueden) aprender cómo nombrar al esposo, del “Kama Sutra” conocer las posturas preferentes para el coito (entre otras cosas)[1]. Hay una larga tradición voyerista en el aprendizaje de las cortesanas a las que se les instruía no sólo a través de relatos orales (por decirlo de una forma muy académica) sino también a partir del viejo truco de espiar a través del agujero en la pared[2]. En “Fanny Hill” una de mis novelas eróticas favoritas, la protagonista, a partir de mirar a los otros, se convierte en una especie de experta lectora de los síntomas del deseo en el cuerpo de sus parejas. Por eso para ella es muy evidente la diferencia entre el sexo “de aprendizaje” y los “refinamientos de la pasión”, ambos tienen en común el rubor, las palpitaciones, la sudoración, la excitación; la diferencia es que a partir de la mirada se ha llegado al conocimiento de uno mismo, ella sabe qué emociones producen estos síntomas en ella misma y a partir de ahí los interpreta.

En varias tradiciones místicas la contemplación de la naturaleza lleva al entendimiento -y en última instancia al silencio-. A partir de la observación se llega al conocimiento de las cosas, es ahí donde uno, en el terreno de lo sexual, puede quitar las palabras y dejar el cuerpo. Para unos el silencio comunica mejor que el más elegante de los lenguajes, para mí el sexo es un lenguaje autónomo que, como todos, tiende eventualmente al silencio.

  1. Nacer entre miradas

Los grandes teóricos de la mirada frente al otro y de las perversiones del voyerismo son, sin duda, los psicoanalistas (no podía escribir del tema sin invitarlos). Para Freud y Lacan, el voyeur observa a escondidas para no enfrentarse a la mirada del otro –el Gran Otro, lo simbólico, la madre-. El voyeur es un narcisista primario (y por tanto infantil) que va inconscientemente siempre en busca de la mirada de la madre y ahí radica la perversión, si tuviera la aprobación, moriría la fantasía y la transgresión. Para el voyeur, el placer está más en el acto de mirar el coito sin jamás llevarlo a cabo, el máximo escenario de ésta fantasía es el carnaval: por medio de la máscara se prescinde del otro y se goza anónimamente, sin ser mirado.

Contrarias a estas ideas, a mí me gusta pensar en la soberana independencia de los placeres personales como el autoerotismo y la masturbación, también resalto el enorme poder creativo de la fantasía que es el mismo que existe en la infancia, no por nada es en el espacio de la soledad en donde se gesta la tanto la fantasía sexual como el autoerotismo. Pero tiene razón Lacan cuando asegura que sólo por el hecho de nacer entre humanos estamos atrapados en el juego de miradas e identificaciones con el otro, pero de aquí puede nacer un camino para el autoconocimiento.

  1. “Mirarme en tus ojos”

La herramienta más importante para la seducción es la mirada, a través de la mirada nos mostramos al otro y a partir de su mirada interpretamos símbolos y creamos fantasías. Puede que nos equivoquemos en estas lecturas porque nuestra única herramienta es nuestra vivencia y nuestras interpretaciones sobre ellas (que viven siempre al margen de la de los otros), pero me gusta pensar que existen puentes de comunicación. Para la fenomenología la percepción nunca es inocente, es decir, está involucrada una intención del que observa (la mirada misma) por lo tanto, ya hay comunicación cuando el otro levanta la vista en un acto intencional también.

En esta seducción intencional el otro pasa a ser cómplice de proyectos y agente de memoria, a veces puede probarnos que tanto el carnaval como glory hole o el espacio de la soledad no son una perversión sino un juego creativo. Como siempre en contra de la patología prefiero la libertad.

[1] El porno tiene una potencia educativa que necesita nutrirse con más puntos de vista en su forma de hacer imágenes.

[2] La diferencia con el glory hole es que éste tiene la opción de masturbación.

Un comentario sobre “Del Kama Sutra, el voyerismo y la mirada del otro

  1. Siento que la mirada siendo una de las partes más elaboradas en el juego del erotismo hay mucho espacio para ser creativos, y el jugar con la mirada llega a ser el cambio de espacios y/o objetos, o el retirar la mirada como un componente. Y el espacio para la libertad del cambio entre cada opción es lo que atrae.

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