El punk, la pasión romántica y la tragedia

A mi amigo A, el último romántico de todos.

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Fotograma de la película “Wuthering Heights”, adaptación de 1939 de la novela de Emily Brontë.

La adolescencia es una etapa curiosa, ahí edificamos las bases que nos guiarán por el resto de nuestras vidas, eventualmente podemos volver a construirlas, pero (al menos en mi caso) a partir de los mismos ladrillos con los que nos hemos conformado, porque mis intereses de ahora son los de entonces. Durante mi adolescencia leí grandes dramas románticos, recuerdo en especial “Cumbres borrascosas” y “La dama de las camelias”, a partir de ahí conformé una idea de lo que creía que era el amor (así en general) y asocié todo sentimiento romántico a una especie de torrente de emociones poéticas desbordadas, unidas siempre a un destino fatal.

El romanticismo también habla a su modo de la adolescencia, en especial de la infancia como elogio de la bondad, espontaneidad y rebeldía (Jean-Jacques Rousseau lo explica en su “Emilio”) y de ideales que construimos como formas de entender el mundo, mismos que eventualmente pueden configurar una postura política (la revolución que pintó Eugène Delacroix peleaba por el ideal de la libertad). Exalta los sentimientos sobre la razón que se impuso como mejor herramienta para entender el mundo durante el neoclasicismo; en el Romanticismo se prefiere la emoción, la pasión, lo ilógico y lo onírico; pero también se hace presente el sentimiento de soledad ante un mundo cruel (ese Gran Otro) que parece indiferente a las convulsiones del cuerpo, en ese escenario surgen jóvenes artistas trágicos: el poeta John Keats o Werther, el personaje de ficción que se suicida por un amor no correspondido en la novela de Goethe. Si trasladamos estos ideales a una época más reciente se parece mucho al movimiento punk, con Kurt Cobain como su héroe trágico.

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“El caminante sobre el mar de nubes” Caspar David Friedrich, 1818.

Los impulsos del corazón en el romanticismo tienen su correlato en los paisajes salvajes de la naturaleza. Los artistas del siglo XIX pintaron grandes tormentas, enormes montañas nevadas, crepúsculos, incendios, naufragios, caballos salvajes, compusieron música sobre la noche (los nocturnos de Frédéric Chopin) que pueden interpretarse como una identificación del espectador con el paisaje o como el reconocimiento de algo que nos maravilla pero que sólo podemos contemplar.  Así, en “Cumbres Borrascosas” el paisaje simboliza esa especie de vuelta a la naturaleza (como la infancia) representada en la pareja de Catherine y Heathcliff, la pasión amorosa del romanticismo se funda en la idea de incompletud platónica, la búsqueda imposible por fundirse en el otro se convierte en tragedia. La última consecuencia es la muerte: “mis grandes sufrimientos en este mundo han sido los sufrimientos de Heathcliff, los he visto y sentido cada uno desde el principio […] Mi amor por Linton es como el follaje de los bosques: el tiempo lo cambiará, yo sé que el invierno muda los árboles. Mi amor por Heathcliff se parece a las eternas rocas profundas, es fuente de escaso placer profundo, pero necesario”.  Dice en un monólogo Cathy antes de morir.

La pasión se parece entonces a esas tormentas que nos maravillan, no están contenidas y son ajenas a la razón; nos impulsan y nos afectan. Como la tormenta, sentimos su fuerza pero lo que nos lo provoca permanece inaprensible, por eso la pasión también implica un recorrido mudable al igual que el deseo. En la pasión amorosa nos abismamos en busca de un otro que difícilmente podrá ser parte de nosotros, ya que siempre hay un resquicio de ignorancia ya sea propia o el otro, es aquí cuando irrumpe la tragedia que es una consecuencia de éste desconocimiento (hamartia en griego). La tragedia es causada por un elemento externo a uno mismo (o a la pareja pretendida como unidad), es la acción del espacio de lo simbólico, ese Gran Otro que está siempre en contra de nuestros deseos: la sociedad, la autoridad, el mundo industrializado, la adultez, la sensatez.

En el momento más dramático (la catarsis) el héroe lanza el último lamento en una especie de monólogo por el amor o el ideal perdido: “se desvaneció para siempre mi sueño de amor… el tiempo ha huido ¡y muero desesperado!, ¡y muero desesperado! ¡y nunca he amado tanto la vida!” canta Mario Cavaradossi, el personaje de la ópera Tosca ante el funesto destino que le depara recordando los momentos románticos con su amada Floria Tosca. La pasión y el drama perduran hasta el final, no puede ser de otra manera, el romántico está comprometido con su peculiar forma de ver el mundo y es un ideal de vida pero también de muerte.

De éste movimiento hemos heredado una idea de amor romántico que parece no gozar de muy buena reputación ahora, sobre todo porque el romántico deposita en el otro un ideal de amor con poco sustento en la realidad. Roland Barthes en su libro “Fragmentos de un discurso amoroso” escribe a propósito de Werther que el sujeto anula al objeto amado bajo el peso del amor mismo: Werther muere por amar el amor y no amar a la mujer que debería encarnarlo. Sí, el idealismo es muy romántico, se ama la idea, el símbolo, la alegoría, no la cosa en sí. La solución a esta forma de entender el mundo es algo similar al tránsito de la adolescencia a la madurez: una conciliación con el espacio de lo simbólico (la función paterna) y un mejor entendimiento de lo otro: el otro no está en nuestra contra.

Por mi parte creo que el nuevo amor romántico no tiene por qué extirpar la pretensión de querer fundirnos con el otro y expresarlo con las metáforas que más nos lo representen: el rayo, la tormenta, el abismo, etc. de hecho, esa búsqueda de unión es la base del erotismo. La creatividad, como la fantasía, siempre sigue su cause para expresarse, el punk representa muy bien estas dos ideas, a mí su sonido siempre me recuerda a esa sensación adolescente de estar en contra de lo establecido y defenderme, defender una ideología, pero también construirme, crear y experimentar.
Que lo externo y lo propio nos siga maravillando.

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5 comentarios sobre “El punk, la pasión romántica y la tragedia

  1. La idea de amor romántico y la tragedia a la que siempre está adherido me ha parecido desde la adolescencia la representación del amor auténtico, la pasión en sí. A como yo lo veo, no puedes amar sin sufrir, no puedes fundirte en el otro sin antes haber perdido grandes batallas. Un amor incondicional hasta el último suspiro como el que Violetta siente por Alfredo, en La Traviata. Como bien apuntas, el nuevo amor romántico no tiene porque extirpar la idea de querer fundirnos con el otro, pues después de haber vivido las tragedias y haber perdido las batallas nos reencontramos solos frente a nosotros y en ese proceso de autognosis también encontramos y comprendemos al otro.

    Me encantan tus artículos. 🙂

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  2. ¿Cómo llegué aquí? por accidente, creo.
    Me gustan tus temas.
    Me gusta la forma en que escribes (aunque algunas cosas las escribiría de forma diferente… pero quién soy yo para enseñarte nada…)
    Me gusta la manera en que mezclas texto con imágenes, referencias a películas y cosas así. Me imagino leyendo tus textos en voz alta, con vídeos pasando de fondo, y música sonando… algo así como un recital de textos con música de Joy Division e imágenes en blanco y negro.
    Pero afortunadamente discrepo con algunas ideas…

    Yo no me apresuraría a vincular tan claramente el romaticismo (como movimiento o actitud frente a la vida) con la tragedia…
    La tragedia va mucho más allá que eso, como actitud frente al desgarro original de la vida. Lo vislumbras en tu texto, lo dices explicitamente, pero pasa colado porque no hay ningún enfasis:
    “¡y muero desesperado!, ¡y muero desesperado! ¡y nunca he amado tanto la vida!”
    Ese es el mismo pathos del poema de Lou von Salomé “Oración a la vida”. Y es el mismo pathos de los poetas trágicos originales, antes de la irrupción de la virtus racional de Sócrates, Platón y Aristóteles. Y lamentablemente, hemos consumido mucho de Aristóteles y sus tristes análisis sobre la tragedia, que nunca logran aprehender que, por sobre, es una forma de ver el mundo. Que lo amado sea parte de ese mundo y por lo tanto, la visión de ese amor sea trágica, es una derivada secundaria.

    Pero lo de “Sí, el idealismo es muy romántico, se ama la idea, el símbolo, la alegoría, no la cosa en sí” me mató. ¿Alguna vez alguien ha logrado acercarse siquiera a la cosa en sí? ¿Existe la cosa en sí? Creo que ni de cerca la vemos, si es que existe… si me dices que esa falta de certeza sobre la cosa en sí, si me dices que esa incapacidad para aprehenderla es un posible origen de la tragedia, podría sonarme razonable.
    De lo contrario, prefiero quedarme con rayos a medianoche, con la silueta de los árboles en la oscuridad mecidos por las ráfagas de viento que despiertan con su ulular a todos los espíritus que rondan el oscuro mundo.

    Un abrazo.

    Arturo
    belano.a@gmail.com

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    1. Hey! me encantó tu comentario, justo pensaba en Joy Division y en The Cure cuando escribía el texto. Sí, tienes total razón respecto a que la tragedia va más allá del romanticismo, de hecho recién investigaba sobre el barroco y ahí es muy evidente también cómo muchos textos y óperas retomaron la tragedia griega como el lamento de Dido por Eneas (que era otro de los ejemplos que había considerado a parte de esa aria de Tosca) y me parece súper genial eso, que la tragedia (occidental) atraviese por tantos momentos enriqueciéndose en manifestaciones artísticas, no se manifiesta igual lo trágico en el barroco que en el romanticismo pero sí comparten un origen común.

      Respecto a lo de la “cosa en sí”, creo que fue un error léxico mío, seguía en el idealismo: se ama la idea que se tiene del amor, el símbolo del amor, no el amor mismo ¿qué es el amor? eso que decimos de eso, porque sí, jamás se acerca uno al amor en sí.

      Un abrazo de vuelta, detective salvaje.

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