El sexo como lenguaje

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Fotograma de la película “Persona” de Ingmar Bergman. En la escena el personaje interpretado por Bibi Andersson relata una anécdota sexual. A veces las imágenes imaginarias son más potentes que el material visual.

Siempre me ha llamado la atención en lenguaje en general y la relación del lenguaje verbal con el lenguaje visual en particular, por esa razón investigué más a profundidad sobre el tema para mi tesis de licenciatura. Una de las conclusiones a la que llegué fue que nuestra cultura es altamente logocéntrica (el modo elegante de decir “verbal”) e iconocéntrica (visual) y en este sentido, parece mantener al margen e incluso hacer menos cualquier otro tipo de lenguaje como el musical o el corporal. Sin embargo, el lenguaje corporal, por ejemplo, va más allá de las sensaciones y percepciones físicas: desarrolla un sistema de signos muy complejos como la danza. En mis lecturas me encontré con las ideas del filósofo francés Maurice Merleau-Ponty; para él, recordar la importancia del cuerpo en nuestro proceso de percepción del mundo conlleva una forma de entenderlo, ósea de producir conocimiento a partir de esa relación y de conformarnos como sujetos en él.

En esos años de tesista empecé a reflexionar más “académicamente” –por así decirlo-  sobre el sexo.  Las ideas del lenguaje y el cuerpo como instrumento de cognición del mundo me hicieron considerarlo también como un lenguaje. En la cama (o en el auto, en el parque, en la cocina, o donde se prefiera) también hacemos uso de la palabra: hablamos sucio, pedimos que nos hagan cosas, decimos qué quisiéramos hacerle al otro; pero también alcanzamos el límite de la palabra (y de la razón): gemimos, aullamos, lloramos, nos quedamos en silencio.
En la fantasía sexual hacemos uso de imágenes imaginarias recreando un escenario posible o recordando alguna experiencia pasada, mientras que en el ejercicio de nuestro deseo nos ponemos cachondos utilizando imágenes verbales (sexo telefónico, por ejemplo) e imágenes visuales (porno, nudes, libros vaqueros…).

Pero más allá de los soportes verbales o visuales, el sexo por sí mismo es un lenguaje con su propio sistema de signos. Todo lenguaje tiene su nivel referencial y su nivel simbólico, así el sexo tiene la cópula y la erótica sexual. En el nivel referencial somos sujetos con pulsiones, mientras que en el nivel simbólico cortejamos, fantaseamos y establecemos relaciones sentimentales. Durante el acto sexual hay una comunicación con el otro, nuestro cuerpo revela nuestra respuesta sexual física pero también nos invita a leer e interpretar sus reacciones:  una erección no es sólo una respuesta de la excitación masculina, es una invitación a interactuar con el erecto (y con este adjetivo me refiero tanto al hombre como al pene).

El coito tiene incluso su propia literatura y puede que con esta última comparación esté yendo muy lejos, pero, así como “El Quijote” es un referente literario universal de la locura (entre otras cosas), Madame Bobary de la pasión o Edipo de la tragedia; el relato de la cena con vino, el perfume y la vestimenta sexy es un referente universal del encuentro de una pareja. Los labios rojos a nivel metonímico (un fetiche) representan el juego de la seducción, nuestra capacidad de simbolizar refleja la forma en la que nos relacionamos con lo otro; de la misma forma la erótica se basa en una convención social.

Finalmente, somos seres dotados de lenguaje “podemos no hablar […] bien por motivos ideológicos (voto de silencio, voto de castidad) o físicos pero, en ningún caso, podemos no ser lenguaje (pensar, comprender y simbolizar) pues en tal caso, perderíamos nuestra condición de humanos”, dice Valérie Tasso en el mismo símil sexo/lenguaje. La palabra, el principal instrumento del lenguaje, nos ayuda a conocer el mundo, a partir de ella creamos, simbolizamos y adquirimos cultura. La sexuación es un proceso similar, a través de ella nos construimos una identidad en tanto seres sexuados y nos presentamos ante el otro. Al igual que el lenguaje, el sexo también forma parte de la condición humana, pretender negar la sexualidad, sería, siguiendo nuestra analogía, como darle la espalda al logos para convertirnos en seres mutilados, negados al placer erótico.

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