El sexo y las palabras, ¿De qué hablamos cuando hablamos de hacer el amor?

[…] Te habrán impresionado las cosas sucias que te escribo. Quizás pienses que mi amor es una cosa sucia. Lo es, querida, en algunos momentos. Te sueño a veces en posiciones obscenas. Imagino cosas muy sucias, que no escribiré hasta que vea qué es lo que tú me escribes. Los más insignificantes detalles me producen una gran erección. Un movimiento lascivo de tu boca, una manchita color castaño en la parte de atrás de tus bragas, una palabra obscena pronunciada en un murmullo de tus labios húmedos, un ruido sin recato, repentino, de tu trasero y entonces asciende un feo olor por tus espaldas. En algunos momentos me siento loco, con ganas de hacerlo de alguna forma sucia, sentir tus lujuriosos labios ardientes chupándome, follar entre tus dos senos coronados de rosa, en tu cara, y derramarme en tus mejillas ardientes y en tus ojos, conseguir la erección frotándome contra tus nalgas y poseerte sodomíticamente.

James Joyce, fragmento de “Cartas de amor a Nora Barnacle”

A menudo hacemos o escuchamos la distinción entre “tener sexo” y “hacer el amor”, ambas para referirse al coito en concreto. Dicha diferencia da cuenta de dos hechos interesantes: el primero es la clara confusión terminológica respecto a la idea de “tener sexo” porque está claro que todos tenemos sexo en tanto que somos seres sexuados (entendiendo por sexuación la caracterización que hacemos de nosotros mismos al identificarnos como “hombres” o “mujeres” en referencia no sólo a nuestro sexo genético, sino también a nuestra orientación sexual) y como tales, nos expresamos y marcamos estas diferencias en el terreno erótico, es decir en nuestra relación con los otros.

El segundo es el que más llama mi atención porque trata de cómo nos expresamos a través del uso del lenguaje. Escogí el fragmento de arriba de una carta de amor de James Joyce a su esposa Nora Barnacle porque me gusta el léxico que en ella se usa. En una plática con S. le expuse mi inquietud respecto al uso de la palabra “puta” (en específico su diminutivo “putita”) en algunas novelas eróticas -no sé si románticas-; él me respondió que dependiendo del contexto, de las palabras de las que estuviera acompañada, y de la forma de decirlo podía ser excitante o no; curiosamente con S. el “el hablar sucio” en el marco de la relación sentimental me parecía más excitante y perverso, tal vez porque de manera inconsciente (o tal vez por mi formación católica, como la de Joyce) yo separaba lo que entendía por “lindo” de lo que me parecía “guarro”.

Y es que el problema es que nos tomamos muy enserio las palabras cuando “la palabra perro no muerde”, como decía una profesora de mi Universidad. En ese sentido, el coito se asemeja a una puesta en escena, las palabras pronunciadas ahí están en función del juego y del placer de los jugadores ya que por sí mismas no son ni lindas, ni románticas, ni sucias, ni obscenas; es nuestra intención la que es todo eso. Pero también es muy cierto que fuera de ese juego la forma en la que nombramos algo rebela la forma en la que lo entendemos; si hacemos la distinción entre follar y hacer el amor es porque posiblemente vemos (para seguir con los traumas católicos) una ausencia de virtud, pureza, castidad, etc. en el primero que exalta el segundo. Y desgraciadamente esa es la idea que subyace en la opinión popular la distinción de la figura de la mujer como “puta” por un lado y “esposa” por el otro: con la primera se folla con la segunda se hace el amor.

Para hacerle justicia a las palabras, además de ese famoso eufemismo existe el concepto de cópula, (penetración del órgano genital del macho en la hembra) que deja al margen los infravalorados “juegos previos” u otras prácticas además del coito, que, a diferencia de la cópula, su finalidad no es meramente reproductiva (existe el coito anal), el coito[1] puede referirse llanamente al encuentro entre los amantes, estas palabras nos regresan al francés fait l’amour.

El campo semántico del sexo es vastísimo, ahora tenemos palabras que dan cuenta de relaciones tan variadas como el poliamor, las parejas swingers, los fuckbodies, las one-stand night, entre un largo etcétera, Pero aún nos complicamos con el uso de un binomio más bien restrictivo, porque la dinámica del coito ha cambiado demasiado y me atrevería a afirmar que ya desarrolló su propio “arte amatorio”. La misma naturaleza de las relaciones ha hecho desarrollar códigos más directos de comunicación entre los involucrados (dos o cuatro u ocho) las diferentes prácticas eróticas, desde el sadomasoquismo hasta el dogging requieren una relación de confianza con la pareja, sí, pero no necesariamente de un lazo sentimental.

De nuevo, el uso de nuestras palabras evidencia la manera en la que las entendemos y construimos nuestra red de significados. Pero afortunadamente, en la práctica erótica, no todo es negro o blanco como en esta versión de catolicismo light que expuse más arriba. Cuando decimos “hacer el amor” habla nuestra educación, nuestra moral, nuestra religión, nuestras experiencias pasadas, nuestros temores, nuestras esperanzas, y probablemente lo que aprendimos al escuchar canciones o ver películas románticas. Habla también nuestra erótica, le llamamos amor (o mi amor) a aquello que cuidamos y nos produce calidez (por decir algo romántico 😉). Sin embargo, el sexo no conoce de adjetivos y tal vez tampoco conozca mucho de amor.

A diferencia de ciertos animales, nuestra práctica del sexo implica procesos culturales que nos definen como seres sexuados: la seducción o la elección de pareja (en la que sí nos parecemos a los animales), la manera en cómo manifestamos nuestros deseos o fantasías sexuales; pero sobre todo dice quiénes somos y lo que hemos aprendido. Posiblemente muchas de nuestras etiquetas sobre el sexo tengan sentido sólo para explicarnos cómo lo entendemos, marcamos nuestros límites calificando, pero tal vez conociendo cómo usamos las palabras sabremos que podemos cruzar esos límites; y de manera adicional, el conocer por qué elegimos una palabra en lugar de otra nos conduzca a un sexting más inteligente, más perverso, más cachondo, pero también más honesto.

Nota:
Con este artículo inicio la serie “el sexo y las palabras”, en la segunda parte trataré el tema del orgasmo, el inefable orgasmo.

[1] Las definiciones las tomé de la página del INCISEX: http://www.sexologiaenincisex.com/conceptos-de-sexologia-y-sexualidad/la-procreacion/ todas estas definiciones están disponibles en la sección de “glosario”.

Un comentario sobre “El sexo y las palabras, ¿De qué hablamos cuando hablamos de hacer el amor?

  1. En relación con la palabra “puta”… cuando la uso nunca es en sentido peyorativo, siempre es un ¿adjetivo? con carga positiva: me sugiere independencia y propiedad absoluta del gozo sexual (incluso laboral en algunos casos)… con las mujeres en sintonía con mi manera de entenderla es incluso un halago, nunca gratuito, y siempre expresivo =3

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